El 15 de enero se estrenó una de las películas más esperadas del año: La chica danesa. Un filme con un reparto moderno y fuera de serie, con una temática completamente innovadora y nominada cuatro Oscar. Sin embargo, ninguno de ellos es el de mejor película.

La película narra el conflicto interno y externo de Einar Weneger, caracterizado por Eddie Redmayne (La teoría del todo), un conocido pintor danés nacido como hombre pero sintiéndose mujer. Una situación que hasta hoy en día, ochenta años después de los sucesos de esta película, es complicada de entender y difícil de solucionar.

Este sentimiento de Einar va creciendo a medida que avanza la película, hasta que llega un momento en el que no puede aguantar más y decide llevar a cabo una operación de cambio de sexo. La historia es sobradamente conocida ya que está basada en hechos reales. Pero, ¿qué le falta? Lo que a priori parecía una clara ganadora de los Oscar ha ido quedándose atrás en la carrera de Hollywood ante la mirada de extrañeza de numerosos espectadores por todo el mundo. En primer lugar, pese a que las actuaciones por separado de los dos protagonistas que son Eddie Redmayne y Alicia Wikander (Operación U.N.C.L.E) son bastante buenas, en especial la de él, no tienen ninguna química en la pantalla.

Son dos actuaciones completamente separadas la una de la otra. Mientras que él tiene la extraña y a la vez maravillosa capacidad de interpretar a un personaje tan sumamente femenino y ella plasma con absoluta perfección la tristeza y dejadez ante la situación que vive (recordemos que son los años 20 y están casados), no logran conectar a la hora de trabajar juntos, quitándole a la película ese realismo que tanto necesita. En lo que respecta al desarrollo de la película, aunque tiene un argumento muy interesante, tiene muchos altibajos.

La película dura dos horas cuando podría durar hora y media. Momentos ni emotivos ni necesarios como las constantes visitas a médicos. Entendemos que vaya a especialistas pero no hacía falta poner tantos. Esta claro que la película pretende educarnos y enseñarnos lo que es la transexualidad de una forma elegante y tierna, lo cual consigue de sobremanera. Una banda sonora exquisita y un vestuario perfecto rematan una película a la que le ha fallado lo más importante: la actuación. Esa escasa química es la que hace de una película 10, una película 7, apartándola de los Oscar y dejando a los espectadores con esa extraña sensación que a veces nos deja el Cine: la de que a la película le falta algo.

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