Jennifer Lawrence es única. Es la actriz mejor pagada de Hollywood, la más admirada y la más odiada. Porque su nivel de fama tiene un precio y siempre habrá a quien le gustes y quien no pueda soportarte. Cuanto más expuesta a la opinión pública estés, cuanto más se hable de ti, más posibilidades tendrás de que no todo lo que se diga sea bueno. Pero Jennifer parece poseer una especie de pantalla que la distancia de lo negativo y la va encarrilando del éxito a la leyenda sin freno alguno.

Su carácter, tan bien visto cuando lo que hace o dice es aplaudido, también es denostado al mostrarse tan natural que roza lo vulgar.

Sus reacciones, no siempre estimadas, le han valido serios abucheos tanto en la prensa como en conversaciones donde se comenten sus últimos movimientos. Claro ejemplo de tal circunstancia se encuentra en la pasada ceremonia de los Globos de Oro, en la que tras vencer merecidamente como mejor actriz de comedia o musical por su monumental trabajo en Joy, reprendió a un periodista por pasarse más tiempo mirando el móvil que atendiendo a sus respuestas.

Por esto o por aquello, por fotografías comprometidas expuestas por error en las redes sociales o por sus caídas en los diversos eventos a los que acude, Jennifer está ya más presente en nuestra vida que otras compañeras suyas como Scarlett Johansson o Natalie Dormer.

Y por si esto fuera poco para consolidar su estrella en Hollywood, acaba de recibir su cuarta nominación al Oscar por la cinta por la que obtuvo el Globo de Oro, lo cual la sitúa en una posición de récord absoluto al ser la primera intérprete con menos edad en sumar tantas candidaturas. Es decir, no ha habido un solo actor, en los 88 años que se llevan dando los premios, que haya conseguido cuatro nominaciones con 25 años.

Katharine Hepburn, la mítica intérprete del Hollywood dorado, la única que ha recibido cuatro Oscars, se hizo con su cuarta candidatura a los 35 y Meryl Streep, la actriz más nominada, fue candidata a su cuarta estatuilla con un año menos que Katharine. Batir a ambas debe ser para la protagonista de Los juegos del hambre una auténtica proeza.

Pensar que se ha convertido en una leyenda en menos tiempo que sus predecesoras tiene que ser un regalo.

Y es que los agentes que conocieron a la Jennifer adolescente, que con solo 14 años viajó con su madre desde Kentucky hasta Nueva York para presentarse a una audición, ya auguraron el brillante futuro que tenía la actriz. Tal fue la fascinación que Jennifer les provocó que convencieron a su madre para que se quedara a pasar el verano en la ciudad que nunca duerme. Accedió y la jovencita fue subiendo hasta alcanzar antes que nadie el cielo de Hollywood.

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