Hace tiempo que se viene criticando, por un número cada vez mayor de personas, el hecho evidente de que Hollywood no está en su mejor momento creativo, porque rara es la semana en la que no se da a conocer un proyecto de secuela, de tercera, cuarta, quinta o sexta parte de alguna película que haya funcionado mínimamente bien en taquilla, o incluso del remake de títulos míticos que, de cara a las nuevas generaciones que no conocen el precedente, se animen a adorar el actualizado.

Las redes sociales se llenan de sarcasmo al respecto. Ya no hace ilusión, ya no es divertido, sino que da rabia comprobar, casi día a día, que una industria que está considerada como la mejor del mundo vaya por el planeta realizando copias de aquello que produjo hace unos años, en lugar de arriesgarse y demostrar que siguen siendo únicos porque lo son sus argumentos, no su marketing.

Todo esto viene a cuento de que acabamos de saber que el remake de Dentro del laberinto está en marcha. Se ha hablado de reboot, pero no es tal porque no se trata de relanzar una saga con nuevos actores, ya que la película dirigida por Jim Henson no tuvo ni siquiera una segunda parte, aunque eso hoy parezca impensable.

De ese remake se habló hace un año sin que nadie lograra llegar a un acuerdo para ponerlo en marcha. Ni siquiera los actores originales de la película, Jennifer Connelly y David Bowie, habían concretado nada, ya fuera volver a sus papeles o hacer un cameo dentro de otra narración que comenzara, eso sí, veinticinco años después del fin de la primera.

Pero si entonces ya era una mala idea, ahora, cuando se van a cumplir dos semanas de la muerte del cantante, se antoja una locura.

David no se merece esto. Él, que se entregó a la película y compuso una de las bandas sonoras más perfectas del Cine, dato objetivo que apenas se recuerda porque se trataba de canciones, no de música, y porque aunque la cinta tuviera muchos elementos internos adultos, en realidad estaba destinada al público juvenil.

Ahora ese remake tendrá que, o bien usar alguno los temas originales, o encargar nuevos en los que caerá todo el peso de la nostalgia de los de Bowie, o, simplemente, eliminar la parte musical, lo cual dejaría coja la película. También habría que preguntarse si Jennifer Connelly aceptaría rodarla sin su compañero, y, por último, si el público recibirá el resultado con las ganas que se pretende.

Porque tocar un clásico tan icónico del cine moderno tiene su precio, y a lo mejor no está precisamente en el que se ponga a la entrada.

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