[Mírame y déjame ahondar en tus ojos. No pintes lo que ves ni lo que viste. Pinta lo que veo. Siente cómo acechan mis fantasmas, Edvard. Mi vida se muere por concederle un baile a la muerte; se sabe los pasos de memoria. He visto bailar a la muerte con tantas otras vidas... Mírame, pero no pintes lo que he visto. Píntame una tregua eterna con la vida. En un instante. Sin pinceles ni grabados. Deja que peine tus pestañas. Llena de luz mis lúgubres entrañas. Pídele a tus colores que contrasten fuerte con los míos, que intenten fundirse y no consigan más que dibujar un atardecer en el Fiordo. Sin angustia. Ni frío. Oigo el grito del miedo, huyendo de mi ser, despavorido. Mírame como miras a los ojos de la muerte, a la que nunca has temido. Y mírame como lienzo. Píntame de eternidad. Mírame y enloquezco contigo.] 

Por primera vez desde 1984, Madrid acoge al artista Edvard Munch en la delicada Arquetipos del Museo Thyssen-Bornemisza a la que tuve ocasión de asistir y de la que quedé obsesivamente prendada desde hace una semana.

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Todavía tienen hasta el 17 de enero para deleitarse de grandeza y saber de lo que hablo. Créanme si les digo que no se la pueden perder.

Arquetipos constituye una selección de sentimientos y pasiones que reflejan concienzudamente el alma de un artista atormentado. 

Edvard Munch (1863-1944) nace un 12 de diciembre en Løten, Noruega. Su padre «... tenía un carácter sumamente nervioso, además estaba tan obsesionado con la religión, era psiconeurótico. De él heredé la semilla de la maldad. El miedo, la pena y la muerte estuvieron a mi lado desde el día que nací».

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Con cinco años perdió a su madre, enferma de tuberculosis y nueve años después, es a su hermana Sophie a quien ve morir. Su hermana Laura padecía esquizofrenia y, cada noche, su padre les leía la carta de despedida de su madre. «Enfermedad, locura y muerte fueron los ángeles que rondaron mi cuna». «Vivo acompañado de los muertos...».

Cuando Munch decide dedicarse a la pintura en 1880, el Arte es la huella que la realidad externa produce en la conciencia; en el impresionismo, la naturaleza se refleja en el artista. Pero Munch era un volcán a punto de erupción y el arte, su escalera al cielo, su medicina para tratar una realidad que le abrasaba, la vía de escape de su desgarradora naturaleza.

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Arte

Munch pide que el arte proyecte la huella de su conciencia. «Se experimentan las cosas de una manera muy diferente cuando uno está enardecido. Y es precisamente esto —solamente esto— lo que da un sentido más profundo al arte. No es la naturaleza, son el ser humano, la vida misma lo que hay que reproducir»Y así surge su máxima: «Absorber en pocas horas la naturaleza relativamente indiferente, y después en esas pocas horas dejar que lo visto se filtre por las cámaras del ojo, del cerebro, de los nervios, del corazón, dejar que arda en la pasión. El horno del infierno del alma es extremadamente agresivo para los sistemas nerviosos. NO PINTO LO QUE VEO, SINO LO QUE VI».

La obra de Munch mira tímida al espectador y cala hondo sin aviso.

Posee tan fuerte poder de comunicación que es inevitable sobrecogerse: ninguna pincelada pasa inadvertida, ningún rasguño en la madera de sus grabados. Las miradas de sus mujeres [si le miran], a las que siempre temió y veneró, proyectan desde su alma un misterio que araña la susceptibilidad de quien se atreva a sostenerlas.

Contemplar la obra de Munch es sentir su melancolía, el pánico, la muerte, el amor...

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Tienen que verlo.

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