El reto era recorrer el vacío que separaba una Torre Gemela de la otra caminando por una cuerda sujetada convenientemente entre ambas azoteas. En 1974 Philippe Petit lo desafió todo: al vértigo que suele dominar a los seres humanos, a las leyes, tanto a las que castigan con detenciones, multas o cárcel, como a la de la gravedad, que puede matarte; y desafió también a la policía, que acudió a sacarlo de tan insensato escenario, tras haber realizado su más preciado sueño, dejando asombrado al mundo.

En el año 2008, el director británico James Marsh, responsable de llevar a la pantalla grande los inicios y la consolidación de Stephen Hawking como científico en La teoría del todo, nos mostró, a modo de documental, la hazaña que el funambulista francés llevó a cabo en Man on wire, cinta que ganó el Oscar dentro de su categoría y que aún hoy sigue siendo un ejemplo de documental del que se habla con la misma intensidad que le dedica a cualquier film que nos apasiona. Y eso solo le ha pasado a este, al de Amy Winehouse y a los dirigidos por Michael Moore.

Pero ha llegado 2015 y Robert Zemeckis se ha propuesto contar la historia desde un punto de vista ficcionado, sin que el protagonista de los hechos comente las imágenes, sino que nos transmita sus impresiones el actor que en la película le da vida. El resultado se titula El desafío, y merece todos los honores.

Desde los inicios de Petit en Francia, ganándose la admiración de los transeúntes, hasta su accidentada pero exitosa noche en lo alto de las Torres neoyorquinas, la película recorre su vida con una precisión y una pasión de la que el documental carece.

Zemeckis nos lleva a pasear con nuestro protagonista de la mano de un realismo jamás alcanzado previamente, lo cual ha desembocado en que algunos espectadores en Estados Unidos se hayan sentido mal físicamente.

Pero más allá de que la técnica alcance una perfección mareante, Robert Zemeckis nos adentra en el mundo de Petit y nos hace empatizar con él. Queremos que lo logre, que nada le falle, que todo le salga según lo previsto.

Pero la vida no siempre te da los elementos que necesitas en el instante en que los requieres, y cuando los detalles se le van de las manos la butaca se vuelve estrecha para que el espectador se remueva en ella.

Es decir, El desafío es pura emoción, es Cine vibrante, una auténtica experiencia que vale la pena ver en la pantalla más grande que se disponga. No solo por su espectacularidad en los momentos clave, también por sus escenas más íntimas, su acabadísima postproducción con aportaciones visuales inolvidables y, cómo no, por un protagonista, Joseph Gordon-Levitt que consigue hacer suya una función que le pertenece por derecho propio y en la que no decepciona.

Ya lo habíamos visto en Looper transformándose en Bruce Willis a todos los niveles, y desde entonces sabemos que puede hacer con su voz lo que quiera. Así que quienes escuchen en versión original su trabajo apreciarán su dominio de francés americanizado que tan estereotipado queda siempre en el doblaje.

El desafío tal vez eclipse al documental que lo precede, y no estará mal que lo haga: su narración lineal e inequívoca, el uso del blanco y negro y el color, de los efectos especiales, y la pasión con la que retrata este hecho mítico, se lo merecen.

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