El Museo del Prado alberga desde el 24 de noviembre de 2015 hasta el 27 de marzo de 2016 la exposición del pintor francés Jean-Auguste-Dominique Ingres (1780 - 1867). Formado en Toulouse, aspirando al Grand Prix de Roma e influenciado por su maestro Jacques-Louis David así como de sus diversos viajes por París y Roma, Ingres constituye el antecedente directo de la distorsión anatómica que posteriormente llevarán a cabo hitos de la pintura tales como Pablo Ruiz Picasso. Estructurada en diversas salas y según la temática de las pinturas, la exposición dispone en todo momento de texto explicativo con el fin de informar al espectador acerca de las pinturas que se encontrará en el espacio.

Las obras, cedidas por instituciones tan emblemáticas como el Museo del Louvre y dispuestas de forma cronológica según la temática a la que pertenecen, confieren una visión general de la producción artística del pintor, permitiendo tener en cuenta la variedad pictórica a la que se enfrentó a lo largo de su vida. La amplia gama de colores que emplea y el el sumo detallismo que lleva a cabo, conceden a sus pinturas un magnífico realismo; además, el uso de una pincelada empastada, los juegos de luces y sombras y un gran estudio de la perspectiva son algunas de las principales características del autor, mediante las cuales consigue transmitir la sentimentalidad y el intimismo tan marcado en su obra.

En primera instancia, su afán siempre fue convertirse en pintor de Historia; para ello, se vio con la necesidad de realizar retratos siguiendo las pautas academicistas y los cánones anatómicos establecidos con el fin de convertirse en un pintor de éxito y, de esa forma, acercarse a su propósito. Así pues, retratos como los de Jean-François Gilibert (1804) o François-Marius Granet (1807) muestran una correcta asimilación de la tradición pictórica desarrollada en lugares como Italia o Flandes, además de exponer la espléndida capacidad del artista desde el punto de vista compositivo y detallista, hasta tal punto de haber sido considerado uno de los mejores retratistas de su época.

Además de retratos, obras como Virgilio lee la Eneida ante Augusto, Octavio y Livia (1819) muestran una clara influencia de la literatura grecolatina, siendo ésta asimilada en sus producciones con el fin de aunar su estética clasicista con la Antigüedad Clásica. Por otro lado y de forma posterior, su producción también se basó en recuperar la realización de retratos, pinturas de mujeres, desnudos femeninos e incluso obras de temática religiosa.

Teniendo esto en cuenta, se puede decir que el afán de convertirse en pintor de Historia fue abandonado por no satisfacer las necesidades del pintor, mas eso no intervino en continuar realizando pinturas de una magnífica calidad.

Finalmente, es lícito mencionar que se trata de una exposición muy recomendable para aquéllos que deseen conocer de forma detallada la calidad artística y la variedad temática de uno de los pintores más importantes del siglo XIX francés.

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