En el mundo del cine hay tres cosas que están de moda: los superhéoes, todo lo que tenga que ver con remakes y secuelas y los planos secuencia. Estos últimos consisten en narrar sin cortesuna o varias acciones en algún momento de la película, ya sea al inicio, como en El juego de Hollywood o Sed de mal, en pleno desarrollo, caso de El desconocido,o al final, como en El reportero, aquella maravilla de Michelangelo Antonioni con Jack Nicholson como protagonista.

Pero hay títulos que llevan el concepto al extremo y deciden que todo él será un plano secuencia. La soga, mítico ejemplo que firmó Alfred Hitchcock en 1948 es el preludio más citado a la reciente ganadora del Oscar, Birdman, de Alejandro González Iñárritu.

Pero es que tras ella llegó Hablar, de Joaquín Oristrell, en la que varias historias, y por lo tanto distintos personajes, se iban cruzado, sin cambio alguno de plano, desde Lavapiés hasta la sala Mirador de Madrid.

Y ahora se ha estrenado Victoria, producción alemana con una actriz española al frente del reparto. Dos horas y quince minutos de peripecia en la noche berlinesa que abarcan amor, amistad... y mucha marcha. En todos los sentidos.

El tranquilo inicio de la película, con Victoria bailando en una discoteca, no induce a pensar que su rato de juerga se va a ver transformado de manera drástica a medida que avance la noche, y su intérprete,la extraordinaria Laia Costa, tendrá que adecuarse a lo que vaya sucediendo, con la mejor predisposición de que sea capaz, a medida que la encrucijada se vaya estrechando a su alrededor.

Una vez que se la ha conocido resulta difícil olvidarla. Victoria es una chica alegre y amable que puede que tenga otra opción desde el principio y que tome las peores decisiones posibles, buscándose la menos recomendable de las compañías, pero más allá de los elementos de thriller, que tal vez sean demasiado extremos para una aventura convencional, lo cierto es que el planteamiento es completamente verosímil.

Más de una vez nos hemos encontrado con noticias así en los informativos, y si en la vida real las hemos visto, ¿por qué no llevar una de ellas a la gran pantalla?

Sebastian Schipper, su director y uno de los guionistas, nos mete de lleno en esta pandilla tan sospechosa de poseer un lado más oscuro del que aparenta y a través de los ojos de una chiquilla inocente, pero tan fuerte como la circunstancia se lo pida, nos vamos convirtiendo en uno más del clan, pegados a esa cámara que no se detiene, que corre y jadea como ellos cuando les faltan las fuerzas.

Cine vivo, en estado puro, que se siente y se disfruta como con pocas películas ha sucedido este año.

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