Al igual que varios personajes icónicos, James Bond ha sufrido importantes cambios en los últimos años respecto a la imagen clásica del agente del MI6 creado por Ian Fleming en los años cincuenta. Superman, Robocop, Godzilla o el propio Bond, todos han perdido el desenfado y la intranscendencia pulp que les caracterizaba para volverse serios y torturados. La razón es el éxito mundial de El Caballero Oscuro (Christopher Nolan, 2008) y su radical transvase de Batman al mundo real. Con James Bond sus responsables han seguido el mismo camino desde Casino Royale (Martin Campbell, 2006), primera película en la que Daniel Craig encarnaba al personaje.

Sin embargo, Bond no tiene una profundidad base de la que puede extraerse contenido dramático interesante, es un arquetipo pulp de masculinidad que tomado de forma realista difícilmente da pie a protagonizar blockbusters para todos los públicos. Un asesino que mata sin pestañear a los “malos” (sería un giro jugoso que se cargase, aunque fuese accidentalmente, a algún inocente) y jamás se cuestiona de dónde viene ni a dónde van las órdenes que obedece ciegamente. Si acaso, como puede comprobarse en Spectre (Sam Mendes, 2015), cada vez se vuelve más consciente de estar atrapado en su arquetipo, tras 24películas repitiendo una y otra vez los mismos clichés, léase; escenas de acción tan aparatosas como destructivas, situaciones límite de las que se salva por los pelos, amantes bellas y fugaces, villanos megalómanos que nunca lo asesinan cuando pueden, y la seguridad de que va a acabar vivo y listo para protagonizar otra entrega.

Tras Skyfall (2012), cinta que se apartaba un poco de los estándares de la franquicia, ofreciendo un espectáculo en la línea del Batman de Nolan, el realizador Sam Mendes regresa a la fórmula clásica, probable causa de la decepción provocada. El público esperaba una continuación de la senda marcada por Skyfall, y realmente la sigue, aunque de forma más sutil.

Aunque Bond no tiene demasiada profundidad el mundo de oscuras agencias gubernamentales en el que se mueve sí, y Mendes, aparte de ligar narrativamente las cuatro películas protagonizadas por Daniel Craig (las tres nombradas más Quantum of Solace –Marc Foster, 2008-), aprovecha para retratar a aquellos sujetos e instituciones que de una forma u otra dirigen nuestra sociedad,.

Una pena que un discurso tan interesante acabe en agua de borrajas.

Si en Skyfall el villano al que da vida Javier Bardem representa el fantasma del terrorismo (muy de actualidad tras los atentados en París), en Spectre la organización epónima es un trasunto de la élite que dirige Occidente, la mano detrás de la Reserva Federal, la ONU y otros organismos clave, la cual utiliza esa misma violencia para obtener más control y, por tanto, más poder. No por casualidad en Spectre se revela que el agente renegado de Bardem trabajaba para dicha organización como terrorista a sueldo.

En la mejor secuencia de Spectre aparece una reunión secreta, reverso de la fastuosa orgía de Eyes Wide Shut (Stanley Kubrick, 1999).

Los mismos participantes, sin disfraces, discutiendo temas de logística mientras Bond escucha sin enterarse de qué está ocurriendo. Esta siniestra trama queda más tarde diluida a favor de una folletinesca venganza personal, lo que resulta decepcionante, aunque, tratándose de una superproducción de este calibre, no sorprenda a nadie. Aún así, resulta estimulante encontrar dichas pinceladas de profundidad en medio de lo que no deja de ser la enésima repetición de clichés de Bond, James Bond.

¡No te pierdas nuestra pagina de Facebook!!