Vetusta Morla volvió a asaltar el antiguo Palacio de los Deportes, de actual nombre impronunciable para muchos. En su ya segunda ocasión en el templo de la Música de la capital, el sexteto volvió a demostrar su maestría ante 15.000 personas coreando sus canciones, muchas de ellas convertidas ya en himnos. 

Aunque se hicieron esperar unos minutos, los chicos salieron arrolladores a esta alegre despedida con La Deriva.

Con el Palacio entero cantando y coreando esta canción que da nombre al disco y a la gira que tantos éxitos les ha llevado a cosechar, lo cierto es que a la gente le costó entrar en calor y comenzar a bailar. Los que fueron unos de los pioneros del movimiento de la música independiente en nuestro país demostraron con creces desde el primer minuto que ya están lejos de aquellos chicos que empezaban; han aprendido y madurado hasta convertirse en grandes músicos más que a la altura de macro Conciertos como éste y las voces del público al unísono no pararon de aplaudir todo ese trabajo. 

Pucho, el líder que aún no ha conseguido tapar su timidez al hablar como lo hace al cantar y con sus movimientos corporales ya más que característicos, no desafinó ni una nota a pesar de los problemas técnicos.

Dijo estar ahí para celebrar la música y la vida y dio las gracias por “ser tan valientes de haber venido”, dejando a un lado los discursos reivindicativos que han estado la mayoría de conciertos de los tricantinos. Intercalando canciones de sus tres discos, el show fue poco a poco convirtiéndose en La Fiesta Mayor (una de las canciones del repertorio más celebrada por el entregado respetable) y haciendo saltar a cada uno de los allí presentes.

Uno de los momentos cumbres de la actuación fue una vez más la tan crítica como alegre Saharabbey Road, con ese “lololo” que los seguidores no dejan de corear cada vez que hay un silenio; ya sea en los falsos finales, en el cambio de instrumentos o al salir del recinto con ganas de continuar celebrando. El Hombre del Saco o Valiente fueron otros de los temas que pusieron a todos en pié.

Si bien Vetusta Morla nunca fue una banda que dé grandes sorpresas en los conciertos, más allá de la siempre sorprendente evolución, no cambiaron mucho su estilo.

La escenografía era muy parecida a la del resto de la gira, con el telón blanco de fondo en el que las luces hacen magia y con proyecciones que, si cabe, hacen que entres más en el espectáculo y las canciones. Aunque tampoco nos tengan acostumbrados a verles compartir escenario, esta vez contaron con un trío de vientos (saxofón, trombón y trompeta) que participó en la grabación de La Deriva y que hicieron de Maldita Dulzura una pieza magistral.

Tras dejar la despedida abierta con la joven Puntos Suspensivos, Vetusta Morla volvió para poner el broche de oro a una noche en la que se nos olvidó el miedo por estar en un concierto con Los Días Raros. Una canción a la altura de las circunstancias, de ésas que te hipnotizan y que no pueden quitarte de la cabeza durante los próximos días. Una clase magistral que habló de música, de crecer y de disfrutar.

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