Mediaset, que sólo piensa en sus productos en el sentido más comercial del término, decidió rodar a toda prisa una secuela de la película que le ha proporcionado uno de los índices de audiencia más altos de los últimos años (junto con “Lo imposible” de Juan Antonio Bayona).

Ésta vez han trasladado la acción a Catalunya, a un pueblo de Girona, donde transcurre casi toda la acción. Todo ocurre por que Rafa (Dani Rovira) y Amaia (Clara Lago) han roto y ella se va a casar con Pau (Berto Romero, el “sobrino” de Andreu Buenafuente). Koldo (Karra Elejalde) acude a Sevilla para convencer a Rafa de que hay que evitar esa boda.

Las escenas sevillanas contrastan mucho con las catalanas: mientras que las primeras sirven para una retahíla de chistes fáciles que hacen que Mariano Ozores parezca Ingmar Bergman a su lado, las segundas dan un tono un poco más sofisticado, que se supone que es el humor catalán, o lo que creen los guionistas (vascos) que es, a base de darle a Berto Romero frases de artista modernito (él es pintor abstracto) y a Rosa Maria Sardà (genial como la cínica abuela de Pau, lo mejor de la película) frases cínicas a lo Larry David en “Si la cosa funciona” de Woody Allen.

El pueblo de la película, por decisión de Pau, está poblado de “estelades”, por que le ha hecho creer a su independentista abuela Roser (Sardà) que Catalunya ya es independiente, con todo eso que conlleva (una especie de “Goody bye, Lenin”, vamos).

También esto lleva a chistes como lo de los españoles metidos en una especie de “ghetto”, más bien chusco.

La acción transcurre funcionalmente, ninguna de las dos partes innova en ritmo narrativo, simplemente se deja llevar por acumulación de “gags” o chistes. Pero aquí mejora cuando Rosa Maria Sardà está en pantalla, igual que en la primera parte era el desaparecido Aitor Mazo, en su papel de cura vasco que estaba de vuelta de todo. Ella se come vivos al resto con su saber hacer. Pero sale demasiado poco tiempo.

Es de agradecer, al menos, que también se burle de los nacionalistas españoles, en especial de esos ridículos Hernández y Fernández a la andaluza que son parientes del protagonista, que se empeñan en hacer la guerra por su cuenta para “salvar” la unidad de España, o que los Mossos d’Esquadra que aparecen no sean violentos.

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Pero todo hace un aroma de humor simple y sin alma que no estimula demasiado. Igual que la primera parte.

Aquí, como este cronista pudo apreciar personalmente al tener un pequeño papel en una escena como extra (un pasajero catalán en un tren, al que Rafa dice varias cosas, escena que por cierto está en unas copias de la película y en un anuncio de Renfe, pero en otras no), el director no quería chistes políticos para no ofender a nadie, y que así, la película gustara incluso a los nacionalistas catalanes. Es de las pocas cosas acertadas en la película, que personajes como el del alcalde independentista del pueblo no quedan como malas personas, sino como gente honrada, aunque piensen diferente. Pero eso no es suficiente, pues, como he dicho antes, todo queda tan chusco y tan chapucero que incluso hace un aire de tomadura de pelo involuntaria.

Pero con más profundidad psicológica, habría ganado mucho. Desgraciadamente, Mediaset no piensa en eso. No sabemos si habrá tercera parte, pues el final, que no contaremos, intenta cerrar la trama, aunque de manera peculiar.