Entre los cinéfilos de este país, Benoît Jacquot era prácticamente desconocido hasta que se estrenó “Villa Amalia”, donde la protagonista, una famosa pianista, sin razones conocidas, rompe con su pasado radicalmente: con su pareja, con su carrera artística, con todo, y se va a una villa perdida en una isla del Mediterráneo, donde incluso llega a tener amores lésbicos sin compromiso con una italiana… Isabelle Huppert, dotada como nadie para personajes turbios o peculiares, nos hacía cercano un personaje que rompía con los convencionalismos.

Descubríamos así a un director que también demostró una visión liberal de la vida en “Adiós a la Reina”, retrato diferente de la Revolución francesa vista por la servidumbre, sobre todo por una chica lesbiana que leía libros a María Antonieta, mientras ésta se debatía entre sus amantes y un lío lésbico con una aristócrata.

Con estos antecedentes, y estando pendiente de estreno en España su versión del “Diario de una camarera” de Mirbeau que Renoir y Buñuel ya llevaron al Cine, nos llega “3 Corazones”, que no es una variante del juego de naipes, sino una historia de amor, azar y tragedia que sólo en Franciasaben mostrarlo con sus matices adecuados y correctos. Y aquí, como siempre, Jacquot lo muestra de manera arriesgada, aunque parezca todo, en el fondo, convencional.

Un inspector de Hacienda, Marc (Benoît Poelvoorde, “Nada que declarar”), que pierde el último tren a Paris, queda varado en una pequeña ciudad francesa. Se encuentra por casualidad con Sylvie (Charlotte Gainsbourg) y empiezan a hablar. Aquí hay un comienzo de historia de amor.

Quedan unos días después en las Tuileries parisinas, pero Marc no llega a tiempo por que unos clientes chinos le entretienen y sufre un infarto cuando iba a la cita. Sylvie, triste, vuelve con su pareja, a quien había abandonado por su nuevo amor…

Poco después, Marc, en su trabajo, conocerá a una cliente, Sophie (Chiara Mastroianni), de la que acabará enamorándose, y ella de él, casándose y teniendo un hijo.

Su suegra está encarnada por Catherine Deneuve (madre de Chiara) con su habitual carisma. Pero hay un secreto o algo que el azar estropeó, que mandará toda la felicidad a hacer puñetas…

Jacquot afronta la narración con un cierto aire minimalista, apoyándose en silencios, miradas, diálogos resumidos al máximo (algo contrario a la tendencia del cine francés de diálogos literarios extensos), y en sus cuatro protagonistas.

Poelvoorde afronta con sobriedad un papel dramático, fuera de su registro cómico, sabiendo hacer humano su atormentado personaje como sólo los actores feos como él saben hacerlo. La Gainsbourg y la Mastroianni, maquilladas como dos mujeres “de provincias” corrientes y molientes (llama la atención el cutis lleno de verrugas, de maruja almodovariana, de la Mastroianni), le hacen eficaz réplica, y la Deneuve está simplemente como la suegra, en segundo plano.

Aparte está la banda sonora de Bruno Coulais, con una obsesiva nota al violoncelo, que como hacía Hitchcock, aporta suspense y desasosiego al espectador, que sabrá que aquello va a tomar un giro inesperado, ya que aparece en momentos que Hollywood jamás elegiría para meternos miedo.

El pero de la película sería que Jacquot no sabe llevar todo de manera perfecta, te das cuenta de que con unos personajes más profundos y menos frialdad y distanciamiento funcionaría mejor, y el final desconcierta, parecido al de “Eloïse” de Jesús Garay, como muestra del azar implacable.

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