Cuando se supo que iba a interpretar al villano de la nueva entrega, la número 24, de James Bond, la noticia se celebró como si acabaran de dar las campanadas de Nochevieja. Es lógico, Christoph Waltz, era un intérprete austriaco que llevaba décadas, desde los años 70, trabajando en telefilmes en su país de origen y de repente es descubierto al mundo, en 2009, por Quentin Tarantino, cuando el responsable de Reservoir Dogs le dio uno de los malvados más escalofriantes del Cine en Malditos bastardos.

Una de las mejores secuencias iniciales que se recuerdan en una película, lo convirtieronen un referente del lado oscuro.

Su Coronel Hans Landa impactó, dejó huella y le dio su primer Oscar. Fue nombrado mejor actor secundario por hacernos estremecer con un interrogatorio que nadie que lo haya visto ha podido olvidar.

Tres años después llegaría el segundo Oscar, también en la categoría de secundario, y también gracias a Tarantino. En Django desencadenado estaba divertidísimo y espectacular. Fue otro Oscar merecido que nadie pudo ni quiso discutir. Waltz estaba en su mejor momento. Pero las malas críticas aguardaban, severas, a la señal para caer sobre él.

Y es que tampoco Tim Burton goza de sus años de mayor popularidad. Su esperada Big eyes fue un fracaso de crítica y público que afectó a la imagen de Waltz como figura emergente.

El Walter Kane en que se transformó cayó pesado y lastró una cinta que si bien era menor en la filmografía de su director, podía haber ofrecido más de lo que dio.

Y ahora llega Spectre, donde el celebrado villano de Malditos bastardos volvía al registro que lo había hecho famoso. Era su oportunidad para ser de nuevo aclamado como el gran malvado del cine contemporáneo, y lejos de eso tampoco aquí está siendo capaz de mantener a sus seguidores.

Es una lástima verlo gran parte de la película entre sombras, metáfora de las que actualmente lo cubren. Su permanente sonrisa en la película, más de satisfacción por saber que gusta que del malvado realizado que tantas veces hemos visto, alejan al actor del personaje y no permite que nos creamos la dimensión de su perversidad.

Esperábamos más de Waltz. Quien una vez nos dio tantas alegrías no puede haber acabado de servirlas, pero lo cierto es que llevamos una temporada sin poder dedicarle los halagos que antaño le pertenecieron y que hoy no tenemos fuerzas para otorgarle.

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