A mediados de 2013, la tenaz editora Carol París adquirió los derechos en lengua española de una novela autopublicada en Amazon, The Martian, escrita por el debutante Andy Weir. El relato, englobado dentro de la rama hard de la ciencia ficción literaria (es decir, aquella en que adquieren mayor peso la verosimilitud y los detalles cientificotécnicos, siempre acordes a los conocimientos de la época) es, se mire por donde se mire, una inteligente revisión del clásico de aventuras de 1719 Robinson Crusoe, de Daniel Defoe.

Tras sufrir un accidente que sirve como elemento desencadenante, un biólogo astronauta queda abandonado a su suerte en la superficie de Marte, donde deberá arreglárselas para sobrevivir.

Fue, muy probablemente, este sugerente punto de partida lo que captó la atención de Ridley Scott. Hay historias que gozan de esa virtud: poseen una premisa tan potente que, por si sola, justifica el relato. No es casual que este tipo de tramas coincidan en sus planteamientos de tintes antropológicos, o que remiten a instintos tan atávicos como el de la supervivencia. Sirvan como ejemplo títulos clásicos como Hell in the Pacific (1969) de John Boorman, Dersu Uzala (1975) de Akira Kurosawa, o las más recientes Cast Away (2000) de Robert Zemeckis, o Gravity (2013) de Alfonso Cuarón.

Si Prometheus (2012) supuso el esperado retorno de Ridley Scott al ciencia ficción cinematográfica, con The Martian queda patente la soltura y comodidad con la que el veterano cineasta británico se desenvuelve en este terreno.

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Aunque, quizás, la excesiva expectación generada alrededor del estreno del film le haya jugado a la contra, The Martian pasará a ser, por méritos propios, una de las películas del año, además de una obra de referencia para todo buen aficionado al género.

En el contexto de la abrumadora e irregular filmografia de Scott, The Martian puede entenderse como un contrapunto técnico y riguroso, desde el punto de vista científico, a sus otras emblemáticas incursiones en la materia. Aunque en la novela abundan aún más las precisiones y apuntes de ingeniería y botánica en una hipotética colonización del planeta rojo, lo cierto es que al guión de Drew Goddard se le podría achacar el no dejar apenas espacio para las reflexiones de calado más trascendental o metafísico, que todavía hoy surgen con gran transparencia y accesibilidad durante el visionado de Blade Runner (1982).

La atmósfera opresiva de Alien (1979) -otro título clave del género-, es aquí sustituida por una narración mucho más fragmentada, en la que se da tanto o igual peso a las vicisitudes y subtramas que tienen lugar en la Tierra, como si tener a Matt Damon sitiado en Marte no fuese una línea argumental lo bastante sólida para sostener la película.

Pese a estos matices, The Martian es un producto de entretenimiento de gran calidad, con acertados apuntes humorísticos que hacen mucho más llevadero un metraje algo excesivo. El ya mencionado rigor o el ingenio del protagonista aplicado a la superación de determinados obstáculos (véase la creación de un lenguaje y un abecedario para transmitir mensajes de un planeta a otro), son los puntos fuertes de una historia que sirve para constatar que la ciencia ficción es, de entre todos, el género especulativo por excelencia, el más útil y aplicable, capaz de crear aquellos marcos donde más plausibles pueden llegar a ser las proyecciones, deseos, y anhelos del ser humano. #Cine