Pedro Henríquez Ureña, el reconocido intelectual dominicano hijo de la poeta Salomé Ureña de Henríquez y de Francisco Henríquez y Carvajal, presidente interino de la República Dominicana hasta que las tropas norteamericanas lo destituyeron durante la primera invasión de los Estados Unidos al país, escribió un poema juvenil cuyo manuscrito apareció sorpresivamente dentro de un libro del que fueron impresos pocos ejemplares. Este poema, titulado “El Legado”, fue donado hace poco tiempo al Instituto Cervantes a través del embajador dominicano en España, debido a que sus propietarios lo decidieron de esa manera, ejerciendo una decisión que les correspondía con total libertad, así como el valioso documento del escritor, maestro de Borges y de Sábato durante su periplo argentino, y de Alfonso Reyes y Dámaso Alonso en el mexicano, fue acogido con entusiasmo por el Instituto Cervantes, de lo cual, como dominicanos, nos sentimos orgullosos.

Ése no es el problema que queremos plantear aquí, aunque es el inicio de algo, quizás, más importante.

El problema real, puesto que existe un inconveniente algo obvio, es que los propietarios del manuscrito se acercaron al principio al ministerio de cultura de la República Dominicana para que el documento permaneciera en el país como lo que es, patrimonio nacional, y el ministerio nunca les hizo caso. Ante la indiferencia de las autoridades competentes, se decidió donar a un organismo extranjero un documento que en estos momentos debería reposar en el Archivo General de la Nación, o expuesto en algún museo. Lo que sugiere, por supuesto, la desidia de las autoridades nacionales con respecto a su propio patrimonio cultural, la indiferencia con respecto a la cultura, la fuga de ese patrimonio no por culpa del Instituto Cervantes, cuyo entusiasmo nos emociona, ni de los propietarios privados, que hicieron todo lo posible para que el manuscrito permaneciera en el país.

Lo triste de todo, si es que hay congoja más profunda que perder ese documento debido a circunstancias increíbles, es que las autoridades dominicanas publicitaron la entrega del original de este poema como si fuese un triunfo del deber y el trabajo.

Si la cultura es considerada de esta forma por el estado, los escritores no sabemos qué estamos haciendo en una nación así.

Icemos las velas, pues, el mundo es ancho, aunque también es evidente que es ajeno.

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