Si te mueves en un círculo un tanto snob y en un barrio alternativo sabes que al hablar de literatura tienes que hablar de él. Porque todos los grandes modernos lo adoran. La voz literaria de nuestro tiempo. Como Dickens lo fue al suyo. Si en un bar te topas con los editores de modas, enchaquetados, tatuados y de mirada distraída, bebiendo Hendrix con tónica y rodaja de pepino, sabes que tienes que decir que tu escritor favorito es David Foster Wallace. Fue un escritor generacional, está muy de moda hablar en términos generacionales, pero es que Foster Wallace fue determinante para muchos y de verdad.

El siglo XX se despidió de la mejor manera, con la pluma de dos críticos, cronistas, novelistas, periodistas. Los escritores del siglo XX siempre fueron un poco de todo y mucho de nada, lo que seguro que no existe es un canon, pero ya no hay modernistas, clasistas o rupturistas, todos son todo y nada. En este panorama, el siglo XX pegaba un portazo con dos gigantes: uno fue David Foster Wallace, otro sigue siendo Johathan Franzen.

La voz del primero se ahogó en el 2008 cuando decidió poner fin a su vida.

Muchos críticos aseguraron que La broma infinita era el libro que tenías que leer para comprender lo que suponía estar vivo. Las alabanzas fueron eternas y la pluma de Franzen quedó injustificadamente en un segundo plano. Esto no es un a mamá o a papá. De Beatles o de Rolling. No se ha pretendido jamás hacer un ránking entre los dos mejores retratistas de la posmodernidad, pero sí es cierto que Franzen saca una nueva novela, y es de sentido común recordarles a esos lectores nostálgicos de Wallace que Franzen sigue ahí, vorazmente realista y con un ansia estética implacable.

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Libros

No tenemos por qué elegir entre Tolstoi o Dostoievski. Uno nos dio Guerra y Paz y otro Crimen y Castigo. Fue Franzen el primer condenado por la desaparición de su gran amigo. Se aisló y resurgió de entre las cenizas con Libertad, libro con el que consiguió muchísimas más lectores que con Las correcciones.

Ahora con Pureza vuelve a las estrategias decimonónicas para volver a retratar a una sociedad tan atípica como cuestionable.

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