Alberto Schommer fue el fotógrafo de cámara de una época, un retratista feroz con la sabia enseñanza de un Velázquez, o un Goya. Un fotógrafo de las alturas, que realizó las fotografías más destacadas de un elenco de personajes que necesitaban un rostro para una época, un momento de la historia esencial. Posiblemente aquí el que escribe, tiene más cariño por otros, como Gabriel Cualladó, o Ramón Massat. Alberto Schommer fue uno de los grandes fotógrafos que abrió la puerta a otros como Chema Conesa en ese espacio del retrato de los personajes relevantes de una sociedad y una época.

Hace un año el Museo del Prado llevó a cabo la exposición Schommer, no ha sido el primer fotógrafo que ha expuesto en estas salas, pero sí el primer español vivo.

Alberto Schommer nació en Álava en 1928, su padre fue quién le introdujo en la fotografía abriendo un estudio fotográfico en la década de los 40 en la capital alavesa. Al principio su afán fue la pintura, tomando la fotografía relativamente tarde.

En la década de los 70, antes de la muerte del dictador Franco, Alberto Schommer, que había sido fotógrafo de publicidad, es reclutado por Luis María Ansón para hacer fotografías sociales para el ABC en plena transición española, años difíciles para una recién nacida democracia. Realizó una serie de retratos relevantes de las personalidades de aquel momento, que no se quedaron en meras fotografías.

Cada una de ellas exponían las tesituras de aquellos años, sus dificultades, a través de los perfiles de los retratos que realizó.

Fotografías psicológicas de los personajes de un época convulsa que describen con sus poses y composiciones las esperanzas y temores de un país. Hay muchas, entre ellas destacar la imagen levitando del Cardenal Tarancón, o el mismo personaje en un blanco y negro tremendista con luz trasera presentando al personaje con una gruesa cuerda desnudada.

Chillida como surgido de las tinieblas y un puño demoledor como un trozo de piedra en su busto… o los personajes de la derecha política (posibilista o cavernaria) como personajes violentos o guerreros.

Todos los grandes personajes de la izquierda posaron a su mirada, Alberti, Carrillo, la Pasionaria… o los futuros gobernantes Suarez, Felipe González.

Y como no el rey Juan Carlos I que le autorizó a ser su fotógrafo de cámara, pero con una condición, dar otro punto de vista de la imagen de la familia real. Relevantes en este sentido fueron las fotografías familiares y sobre todo del príncipe Felipe en su infancia.

Esa serie de retratos sociales, pasaron a ser una serie de retratos expresionistas. El Museo del Prado recogió una fantástica colección de esas miradas claro oscuras, que él denominó Máscaras, junto a los retratos clásicos de los grandes pintores españoles. Retratos de bustos con luz cenital que proyectaban grises (con pronunciado grano) muy fuertes y sombras muy pronunciadas, muy similares a los retratos psicológicos de Velázquez o a la técnica tenebrista de Goya.

Siempre jugó con esas líneas, negros tremendos mostrando el claro oscuro de la imagen, las sombras y luces de un país.

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