La casualidad quiso que en la ciudad de Méjico D.F, François Olislaeger (1978, Bélgica) subiera a un coche con sus amigos y que dentro, coincidiera con una editora de la editorial Turner. No tendría importancia si ella no hubiese descubierto meses antes, en la Feria del Libro de Frankfurt, la biografía, aún en francés, de Marcel Duchamp. Desde entonces, sólo quería dar a conocer esa joya al público español.

Y así empezó todo. El resultado final se presentó ayer en el Museo ABC (c/Amaniel 29) de Madrid. Bajo el título “Marcel Duchamp, un juego entre mi y yo” su creador, el reconocido ilustrador François Olislaeger ha recreado la vida (1887-1968), obras e ideas del genial artista francés. Su infancia, sus viajes, sus musas, su pasión por el ajedrez, el erotismo de su obra y la polémicas que rodearon al genio.

Hasta el formato escogido sigue la linea del caótico Duchamp: 80 páginas dobladas como un acordeón cuyo juego no acaba ahí. “Es un cómic pensado para la pareja. Cada uno lo puede leer desde un lado distinto de la cama explicó su autor. “Como dijo Marcel, el observador es el que crea la obra y este formato permite precisamente eso. Cada uno puede empezar y acabar por dónde quiera

El proceso de investigación sobre la vida de Duchamp le ha llevado más de seis meses.

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Arte

Una tarea complicada a la que se ha unido escoger los comentarios y textos del artista sobre su propia obra. Y todo ello con el halo de misterio y ambigüedad que rodearon a Duchamp. “Era un niño rico que quiso hacer de su talento su trabajo. Él llegó a decir, `trabajar para vivir es una imbecilidad´ añadió el belga entre risas.

Sus obras, incomprendidas y polémicas -recordemos el urinario expuesto en Nueva York o su “Gran Vidrio”- se adelantaron a todas las corrientes vanguardistas.

Inmerso en el Dadaísmo de los años veinte, escandalizó al Cubismo y defendió “matar el gesto”, es decir el estilo del artista, en contra de toda lógica. Inmerso en revoluciones industriales, guerras mundiales incubándose y movimientos artísticos que rompían con todas las reglas “fue hijo de su tiempo pero demasiado moderno” aclaró François. Solo queda seguir admirando su legado.

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