El recinto de la Tabacalera en Madrid fue el lugar donde se celebró el emotivo recuerdo del autor. El lugar, completamente lleno, reunió a un montón de amigos del escritor uruguayo como el entrenador y escritor Ángel Cappa, o Luis García Montero entre otros, para rendirle un cálido homenaje con las palabras del autor de fondo. Cada uno de los invitados contó un instante de vida con él y se leyeron sus textos, que revolotearon otra vez por esos muros. Un lugar humilde que se llenó de sus sabias palabras, cuentos de cosas chiquitas, pero grandes.

Eduardo nos dejó en Abril de este año y al que aquí escribe le llegaron muchos recuerdos de amigos y de personas queridas con las que compartí los textos de Eduardo.

Textos que siempre me parecieron regalos para vivir, enseñanzas que tenían que leer mis personas más queridas. Una de ellas me regaló El libro de los abrazos, un texto que no tardé en leerlo porque la sola lectura del escritor uruguayo me ha generado siempre un paréntesis en la vida, como que la sociedad y el devenir acelerado que llevamos y la lucha por nuestras necesidades te hacen perder el Norte, y Galeano de forma inteligente, crítica y hermosa te recolocaba la visión del mundo, distorsionada a fuerza de sobrevivir. Eduardo nos permitía abrir la puerta del sentido común y en primer lugar nos explicaba con palabras surgidas de las cosas sutiles, la tremenda explotación humana, primero la que como ejemplo sufre Lationamérica, luego la del mundo y luego, la injusticia cotidiana de nuestro modelo de vida… lo grande con lo pequeño, que para el caso es lo mismo.

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Las venas abiertas de un mundo, y las de nuestro día a día. Los de arriba, los de abajo; el poder, los miserables… Con bisturí de cirujano nos quitaba la paja para dejarnos el trigo, bajo una máxima, “dime donde está el poder y te diré donde está el mal”, con esa voz de poeta callejero dulce y burlón, tanguista de Montevideo.

De paradojas Eduardo Galeano desnudaba día a día la mentira de un poder que no quiere antagonistas, ni gente que no le crea ¡Oh gran poder! Como la visión de un indígena que observaba atónito, allí por los albores del siglo XVI, cómo un misionero le inquiría ante el despropósito de negar la verdad de nuestro señor y su poder en la tierra, la iglesia apostólica y romana.- Mira la cruz… éste es el poder de mi Dios, le dijo el creyente; el indígena le arrebató el icono y ante tal objeto insulso, ni musitó, se lo entrego al clérigo, mientras el buen aborigen le indicaba el poder de su Dios, uno de verdad, el sol. Cuando el misionero dirigió sus ojos hacia el astro rey, se cegó, apartando la mirada.

Este es el poder de mi Dios dijo el indio. El sentido común, desnudar la verdad, ver las cosas tal como son, resistir ante el discurso oficial, ante la mirada oficial, ante la Historia escrita por los poderosos y estar con la gente, el día a día… La historia cotidiana del mundo, la historia de las cosas chiquitas, como a él le gustaban. Este texto, no es la crónica del homenaje, pero era mi pequeño homenaje. Gracias Eduardo por habernos contado las historias chiquitas del mundo, que cuentan la verdad. #Cultura Canarias