Hay películas que, como espectador, se viven con la misma intensidad que los personajes que las protagonizan, que te llegan hondo y por momentos te hacen creer que uno mismo fuera otro de los componentes de lo que se está viendo en la pantalla. Pero Everest no es una de ellas.

El Cine de aventuras, el género de catástrofes en plena naturaleza, con el ingrediente de que lo contado sea un hecho real, llama la atención porque es muy humano querer descubrir los detalles de la tragedia, así que el famoso intento por parte de dos grupos de excursionistas de coronar la montaña más alta del mundo, allá por 1996, parece una historia lo suficientemente interesante como para que no fuera una mala idea rodar su versión cinematográfica.

Lo malo viene desde el momento en que no queda claro si su director, el islandés Baltasar Kormákur, pretende hacer un documental o una narración ficcionada de lo sucedido.La excesiva descripción de las necesidades de los excursionistas, la presentación desmedida de quienes componen la expedición y que, en realidad, tampoco vamos a conocer tanto, lastran un filme que no termina en ningún momento de acaparar la atención que pretende.

La devastadora tormenta de nieve que encontraron Rob Hall (Jason Clarke) y Scott Fischer (Jake Gyllenhaal) en su paso hacia la cumbre con el resto de sus compañeros es recreada con un sentido parco del espectáculo, no con grandes imágenes, como su entorno propiciaría, sino de manera más íntima, con un predominio de los primeros planos que no sería mala elección si no fuera porque pese a la cercanía de la cámara no se produce empatía emocional alguna.

Desde la butaca se vive la tragedia con la conciencia objetiva de que está ocurriendo, con la frialdad de que la fatalidad se va adueñando poco a poco de la situación, pero sin que la película conmueva como solo el arte es capaz de conseguirlo.

Algunas salas la proyectan en 3D, pero es este un elemento innecesario por mucha montaña Everest de que se trate. El paisaje no tiene tanta relevancia a nivel estético como para justificar dicha modalidad y el vértigo que en algún momento se pudiera sentir mientras los osados participantes en la subida comenten errores no es tan acusado como para que las tres dimensiones se impongan con contundencia a las dos en que tradicionalmente hemos disfrutado los films con mayor fama de requerir pantalla grande.

Es una pena ver cómo una plantilla de magníficos actores se entregan a una cinta que se va olvidando a medida que se va viendo, porque hay mucho potencial en Everest. La historia cuenta con todos los ingredientes para resultar apasionante,pero la película los desaprovecha y el resultado queda lejos de ser el que esta epopeya requería.

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