Actriz de escasas sonrisas, voz dulce, casi susurrante y presencia incontestable en la pantalla aunque pase de puntillas por nuestra memoria a la hora de citarla entre las grandes, Emily Watson es la intérprete que en breve recibirá el nuevo Premio Donostia que cada año entrega el Festival de San Sebastián.

Uno solo, un Premio nada más, como cuando lo recibieron Gregory Peck, el primero de todos en 1986, Anthony Perkins o Lauren Bacall. Son más bonitos los Donostia dados con exclusividad, a un solo actor, no a un conjunto, caso del año en que lo recibieron John Travolta, Oliver Stone, Ewan McGregor, Tommy Lee Jones y Dustin Hoffman.

Cada uno de ellos tiene un peso y un significado en la industria y en la historia del Cine, y juntarlos en el devenir de un certamen los coloca a una misma altura que tan vez no sea la que, por separado, les corresponda.

Este año las quinielas apuntaban hacia Julianne Moore, de la que se verá Freeheld en Sección oficial, pero ninguna ha acertado. Lo recogerá otra actriz, una que no es una estrella, que no tiene película que presentar y de la que, exceptuando a los mayores cinéfilos, al gran público le resulta un poco indiferente.

Tal vez se trate del Premio Donostia recibido con más frialdad de cuantos se hayan entregado. Pero no por eso deja de ser una decisión merecida. También los actores con menor proyección mediática tienen derecho a recibir los premios más populares, no solo los aplausos de una crítica que posteriormente no se verán reflejados en los resultados de taqullla.

Y es que Emily Watson cuenta con Las cenizas de Ángela, Caballo de batalla (War Horse) y La ladrona de libros como su trío de títulos más identificables, esos que vendieron cantidades enormes de entradas y que las televisiones emiten cuando no están ocupadas con Pretty Woman.

Pero Watson se hizo grande dirigida por Lars von Trier en Rompiendo las olas, su primera película, qué barbaridad.

Y siguió creciendo con The Boxer, al lado de Daniel Day-Lewis, en Hilary y Jackie, en esa locura tan divertida que era Trixie, en Gosford Park o en esa joya tan extraña titulada Punch-Drunk Love, con un insólito y espléndido Adam Sandler. Y quien se ponga La novia cadáver en su versión original, también la escuchará: era Victoria Everglot.

Acostumbrados como estamos a que los premios vayan a los actores que más conocemos, este Donostia resulta extraño. Señalar a una actriz desdibujada, desenfocada, a la que solo cuando nos acercamos con el reposo que hay que dedicarle a lo más sensible vemos como corresponde, en su plenitud y con toda su grandeza, no es lo más habitual. Pero entonces, al destacarla un festival y obligarnos a mirarla directamente, a verla con los ojos de ese glamour del que tanto huye, es cuando caemos en lo merecido que es este reconocimiento a una de las actrices más sólidas del panorama contemporáneo.

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