Woody Allen vuelve a cambiar de registro en su nueva película. La anterior, de época, “Magia a la luz de la luna”,y la nueva, contemporánea, tienen en común que la protagonista femenina es Emma Stone. Pero en cada una su personaje es radicalmente distinto.

Un hombre atormentado y melancólico, Abe Lucas (Joaquín Phoenix), llega a una Universidad de pueblo para dar clases de Filosofía. Atrae la atención de Jill (Stone), alumna de la misma, a la que rechaza, pero también de Rita (Parker Posey), que no para hasta acostarse con él.

Su vida y sus relaciones sociales irán entre la misantropía digna del Alcestes de “El misántropo” de Molière hasta sus pesimistas ideas sobre la vida misma, que le llevarán a jugar a la ruleta rusa delante de invitados de Jill, dejándola en evidencia. Pero un día, tomando algo en un café local con ella, oirá una conversación entre varias personas que le llevará a cometer algo insólito: convertirse en una especie de justiciero solitario, para vengar a una mujer víctima de un juez corrupto, al que mata envenenándolo.

Allen adorna toda la película de frases filosóficas, aparentemente mostradas como banales, ya que no quiere caer en la pedantería en la que caía Jean-Luc Godard, por ejemplo, pero para darle un sentido a la vida llena de terribles acontecimientos de Abe, de una manera magistral, sincera, profunda e implacable.

La crítica ha visto lo que hace su protagonista relacionado con otras obras maestras de Allen, “Delitos y faltas” y “Match Point”. Pero Allen sabe llevarlo de manera diferente a aquellas películas, y con un inesperado y abrupto final distinto al de aquellas.

Asimismo, sin moralizar, dejando que el espectador reflexione por su cuenta.

Joaquín Phoenix compone un Abe Lucas de Óscar al Mejor Actor, con esa sensibilidad que le dio hacer cercanos al espectador sus melancólicos personajes de “Two Lovers” o “Her”. Y su carisma hace que Emma Stone, con un papel mejor que en “Magia a la luz de la luna”, quede en segundo plano, pese a experimentar su personaje cambios de humor continuos, debido al desconcierto de descubrir cosas terribles que no esperaba.

El clímax final de suspense sabe llevarlo Allen sin necesidad de música melodramática ni que asuste al espectador, que al final queda desconcertado, pero sabiendo que el final era el único posible, dada la tendencia del cineasta a salirse de los caminos trillados de Hollywood.

Sabe llevar bien a los personajes secundarios, todos tienen algo que aportar a la trama, incluso las conversaciones aparentemente más banales o simples.

No hay sofisticaciones de gran ciudad, estamos en una ciudad de la Costa Este, se nota en cada plano. Darius Khondji, que ha colaborado varias veces con Allen desde “Match Point”, da el tono justo a la fotografía, de toque cotidiano en todo momento.

Interesante es la opinión de WoodyAllensobre lo que comete Abe Lucas, que contó a la Prensa en el Festival de Cannes: “Joaquín (Phoenix) no está más loco que quienes creen en la mitología bíblica o que Jesús de verdad caminó sobre las aguas. Es completamente absurdo, pues. Las religiones causaron mucha destrucción. Causaron la muerte de mucha gente durante siglos. En los campos de concentración, muchos supervivientes eran comunistas: creer en sus principios les mantuvo con vida. Pues es importante creer en alguna cosa. Joaquín cree en algo loco, irracional, pero cree en ello”.

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