Levantarte, mirar Internet y leer que se ha ido Wes Craven. Así, sin más, en su casa de Los Ángeles. Luego indagas y resulta que el genio tenía un tumor cerebral. Qué mal. Él sabía que se iba y la mayoría ni lo sospechábamos. Nos hemos encontrado con la noticia y la hemos lamentado. Mucho. Porque Wes era uno de los más grandes del género. Lo revitalizó cuando en los años 90 decidió parodiarlo, dándole la vuelta al slasher y, sin dejar de lado el miedo inherente a sus formas, burlarse de ellas con humor y mucho estilo. Scream: Vigila quién llama fue una de esas ideas que lo han hecho inmortal.

Pero antes de que Drew Barrymore interpretara uno de los tres papeles que la han hecho mítica (los otros, claro está, han sido convertirse en "la niña de E.T." y en uno de los Ángeles de Charlie en las fallidas versiones cinematográficas), aquel en el que se vio obligada a contestar, por teléfono, cuál era su película de terror favorita, el creador de la saga más aplaudida de los 90 había hecho historia con otra serie, más importante aún, diez años atrás.

Un hombre con la cara quemada, jersey a rayas rojas y negras completamente roído, cuchillas enfundadas en el guante más inolvidable que se haya visto en una pantalla... y un sombrero, que le daba a Freddy Krueger ese aire de caballero del género que ningún otro icono del terror tiene. 

Pesadilla en Elm Street es un símbolo, un modo de entender el Cine, a secas. Pertenece al género de los miedos más profundos, esos que se encuentran en los sueños y de los que no se puede escapar, pero Freddy ya forma parte de todos, de los que crecimos con él y los que de adultos lo conocieron. Es el Indiana Jones del terror, y Wes Craven su Steven Spielberg.

Demostró su valía con una ópera prima que ningún amante del horror ha dejado nunca de recomendar: La última casa a la izquierda. Ironía, mala leche y peor rollo son los ingredientes de un clásico que funciona a la perfección por muchas veces que se vea.

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Y Las colinas tienen ojos, y su secuela, y La cosa del pantano. Tantas películas y tanto que agradecerle a un maestro que se nos ha ido pero que, al mismo tiempo, siempre estará con nosotros.