Conocida es la broma que siempre se gasta, con ironía, acaso a veces con un halo de menosprecio, de que cuando una novela es famosa, o muy interesante, y por lo tanto se lleva a la gran pantalla, se apostille que no, que será mejor esperar a ver la película. Como si leer la obra que ha dado lugar a la decisión de adaptarla fuera poco menos que una osadía por parte que quien ha logrado la hazaña, y ya que la ha llevado a cabo, lo lógico es contar los días hasta su estreno para ahorrar el trámite de pasar por su lectura.

Es decir, suele preferirse ver a leer, sin caer en la cuenta de que ambas cosas son la misma, porque cuando se lee también se está viendo. No las imágenes que se proyectan en una pantalla y que con tanto esfuerzo se han rodado, sino las que las acciones redactadas van reproduciendo en el cerebro, descripciones que se despliegan en nuestra mente llenándola de historias que no queremos sacar de ella, que no queremos olvidar.

Leer es bastante más que un verbo que no está de moda, pero si nos lo tomamos en serio, si lo acogemos con la perspectiva de la belleza que nos espera tras cada libro, nos resultará no solo menos tedioso, sino muy gratificante. Y también lo es comparar una novela con su adaptación al #Cine. Porque el resultado puede ser extraordinariamente parecido, caso de Las horas, de Michael Cunningham, o Camino a la Perdición, del cómic de Max Allan Collins, con dibujos de Richard Piers Rainer, o tan diferente como Un día perfecto, la gran película de Fernando León de Aranoa que nace de la también maravillosa novela Dejarse llover, de Paula Farias. 

Tan diferente y a la vez tan cercana. Lo importante, siempre, es mantener la esencia de la historia y lo que te ha hecho sentir, por lo que no es necesario que cuanto ocurre en la literatura esté también presente en el cine.

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No solo no es obligatorio sino que puede ser muy sano que así ocurra, que nuevos personajes entren en acción cuando no los hemos conocido leyendo la obra, o que los detonantes de los giros los produzca un acontecimiento en el libro y otro muy distinto en el metraje.

Todo ello sin cambiar un ápice la meta que tanto autora como director pretenden alcanzar, el mensaje que ambos quieren transmitir y los sentimientos que una, novela, y otra, película, son capaces de originar. Las dos forman un conjunto inseparable, complementario, un recuerdo único y precioso.

A modo de puzzle, vamos uniendo las piezas y comprobando que encajan, que no son medios tan ajenos porque los dos crean personajes y atmósferas en las que se desenvuelven, ya sean ficticias o, como en este caso, de lo más reales. Y descubrir ese universo en la lectura puede ser tan satisfactorio como hacerlo en una sala oscura.  #Libros