Un matrimonio, no anciano pero sí de edad avanzada, ve cómo a ese quinto piso con ático al que se accede sin la ayuda de un ascensor, que treinta años atrás no suponía ningún problema y que con el paso del tiempo le han ido creciendo los peldaños, haciéndose más altos y menos accesibles, se decide a ponerlo en venta, a buscar otra casa que se acomode tanto al precio escueto que puede pagar como a la necesidad de que un habitáculo con poleas realice el trabajo que tanto les cuesta ya a sus piernas.

El argumento de Ático sin ascensor es asombrosamente sencillo, y ni siquiera consigue complicarse cuando la idea de desprenderse del hogar en que han vivido tres décadas los lleve a recordar el pasado, que no sólo se acumula en cajas.

La película, además, nos habla decómo han ido evolucionando los sentimientos encontrados al respecto de las relaciones interraciales, de un Nueva York todavía traumatizado por el 11 de Septiembre, y de un negocio, el de las inmobiliarias, que sigue su curso ajeno a todo, respirando más rápido que tú, hablando sin parar, sin dejarte apenas pensar.

Y en medio de todo este caos calmo, orquestado con brillantez, con buen gusto, con un sentido del humor sutil que nos remite a los mejores tiempos de una comedia americana tal vez ya olvidada, se encuentran dos grandes veteranos haciendo de la pantalla su inigualable territorio: Morgan Freeman y Diane Keaton.

Qué maravilla poder disfrutar de los mejores, rostros que no son nuevos y que precisamente por eso son más acogedores.

Finalizando ya el verano se acercan a la cartelera los maestros. Es lo que ha pasado siempre, acabadas las vacaciones volvemos a ver a los profesores, a quienes dominan el arte de hacerte disfrutar con su sabiduría y su presencia. Mr. Holmes, con Ian McKellen, Mi casa en París, con Kristin Scott Thomas, Kevin Kline y Maggie Smith, o Ático sin ascensor: pase,póngase cómodo, ¿le apetece un café?

Asistir al prodigio que es creernos que Morgan Freeman y Diane Keaton han sido, y siguen siendo, un matrimonio feliz después de tanto tiempo, comprobar que solo la profesionalidad es capaz de otorgar ese grado de naturalidad, de auténtica complicidad, de fluidez narrativa, como si la vida pasara por delante de la cámara sin darse ninguno de los dos cuenta de que está filmando lo más parecido a gran Cine recubierto de escenas deliciosas, ser consciente de que como espectador te están regalando algo tan bonito, es un espectáculo que no tiene precio.

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