Harrison Ford, el héroe de acción por antonomasia del cine norteamericano, el único actor que no necesita aclarar el nombre de sus personajes ni las películas a las que corresponden porque son ya parte de nuestro ADN cultural, cambia de nuevo de registro antes de llegar a nuestras pantallas a finales de año con el Episodio VII de Star Wars, y lo hace con el género que más se le resiste, ese por el que los millones de fans que tiene miran hacia otro lado con la finalidad de no tener que aplicar las peores palabras del diccionario en alguien a quien admiran.

En efecto: el género romántico a Harrison Ford no se le da. Cuando recordamos A propósito de Henry, que es más bien un despropósito, o Caprichos del destino, preferiríamos no haberlo hecho.

Fueron malos ratos pasados en un Cine y era de esperar no volvieran a repetirse. Afortunadamente le ha tocado una con la que acertar, y la ha aprovechado.

El secreto de Adaline es una de esas cintas que elevan filmografías, un cuento precioso que desgranar a la luz de proyectores en entregadas salas con interruptores apagados. No solo de películas de acción vive el amante del celuloide y andamos escasos de narraciones donde los sentimientos tengan un papel determinante sin que estos llenen de almíbar la pantalla. Así que participar en un proyecto que nazca de una idea bonita y cuyo resultado sea recomendable no debe pasar inadvertido.

La edad de Adaline es el título original y hace referencia al extraordinario suceso cuya consecuencia lleva a su protagonista a no envejecer por más años que cumpla.

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Una Dorian Gray actualizada a los tiempos en los que los retratos ya no llaman demasiado la atención. a no ser que se realicen con teléfonos móviles.

Adaline, interpretada por la actriz Blake Lively en modo cine clásico, pasa por las décadas sin que las décadas pasen por ella, y se enamora sin poder abandonarse al placer de compartir la vida con quien la pretende. Hasta que alguien de ese pasado que sigue estando presente le sirve de guía para actuar como debe. Blake y Harrison cara a cara, logrando ambos que una fantasía tan increíble se transforme en lo más natural que le haya pasado a sus personajes.

Tiene El secreto de Adaline ese aire de película cercana, de telefilme si se prefiere el término, pero con una calidad muy superior a los que habitan las tardes caseras de domingos aburridos. No, Adaline derrocha glamour y le confiere otra categoría al cine de sobremesa, otorgándole una nota insólita que supera el corto alcance entre el calificativo que toda película obtiene al acabarse de ver y el olvido total y absoluto al que el mando a distancia la condena cuando el dedo cambia de canal.

El secreto de Adaline perdura en la memoria porque su guión refleja una historia maravillosa contada con mimo y sutileza, cuidando al espectador para que se sienta atrapado entre el hechizo de la angustia existencial y la fascinación por ese amor de leyenda que queremos, a toda costa, ver triunfar.