El actor inglés Ron Moody fallece a la edad de 91 años. La noticia se supo a lo largo del día 11 de junio, pero ha conmocionado al mundo lo justo, porque el intérprete no era una estrella, sino alguien conocido por haberse metido, en el año 1968, en el papel del malvado Fagin en Oliver!, el extraordinario musical de Carol Reed basado libremente en el Oliver Twist de Mark Twain, por el que además fue nominado al Oscar al mejor actor.

Es entonces cuando la pena recorre nuestra memoria, llegando al momento en que vimos aquella gran película y disfrutamos con su trabajo, pero imposible, o muy difícil, ir más allá de ese título porque con ningún otro film volvió a alcanzar la fama de la que gozó en él.

Pero no es el único. Nombres sin rostro, caras sin nombre... y fotos que lo dicen todo, ubicando, localizando los recuerdos de quien estamos hablando cuando se ilustra con ella la última hora que supone su muerte. Por supuesto, siempre hay quien no necesita la aclaración de la instantánea y rápidamente relaciona al actor con su trabajo, pero a menos que no se trate de una celebridad, no es fácil que tal cosa ocurra.

Estos días también hemos conocido el fallecimiento de Mary Ellen Trainor, y raro será que en una habitación haya varias personas que sepan de quién se trata sin una pequeña ayuda. Indudablemente, cuando se añade que fue la madre de Los Goonies, en concreto de Mickey y Brand, su pérdida ya se siente de otra forma.

A través de sus personajes les hemos cogido cariño, y se nota porque, su desaparición no nos deja indiferentes, pero su fama fue efímera y aunque sus carreras no se estancaran, no llegaron lo lejos que prometían.

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Películas y series de televisión los reclamaron, aunque su estrella hacía tiempo que se había apagado, y pese a que los recordáramos de cuando en cuando, el pasado que deslumbró no era ya sino un presente muy difuminado.

Y a él volvemos, porque en él vivimos y es donde podemos llegar a la siguiente conclusión: que el reconocimiento se produzca gracias a un papel que un día puso el mundo a sus pies debería, en cualquier caso, ser motivo de orgullo para cualquier actor.

No todos consiguen brillar con una interpretación de la que sentirse satisfechos y mucho menos en una película que destaca sobre la media. Entonces, ¿qué es mejor, ser famoso por trabajos que no se estudiarán en las escuelas de Cine o ser recordado por una única y tan irrepetible interpretación que se convierta en el ejemplo a seguir? La pregunta del millón tiene tantas respuestas...