El momento se hacía esperar. El primer concierto de una banda con un director nuevo siempre revuelve los nervios de los aficionados a la Música de la ciudad. Vicente Mendoza se estrenó ayer como director de la banda municipal Francesc de Borja de Gandía en una sala de teatro granate dónde no cabía ni un alfiler. El público esperaba ansioso.

Tras unas palabras de bienvenida y la emotiva entrega de la insignia de la banda, el concierto comienza con un pasodoble clásico del compositor Ferrer Ferran. El silencio se rompe con un sorprendente solo de trompeta claro y sin temblores que llena de color el escenario del Serrano.

Las manos del director marcan el tiempo con una perfección absoluta, de cronómetro, mientras que el movimiento de sus brazos y sus dedos expresan el carácter y sentimiento de la obra. El sonido es pleno, cada rama suena con independencia y se entremezcla con las demás con claridad y vaivén. No se solapan unas voces con otras, no se confunden, la banda parece bailar al compás del pasodoble que interpreta. Con esta primera obra el director se presenta a la ciudad de Gandía.

Comienza el concierto. Javier Cabrera interpreta como trompeta solista la obra del pensilvano Gregory Fritze, "Un americano en Valencia". El escenario se llena de luz desde el primer momento. El trompetista mira al frente, con aires de torero a punto de salir al ruedo.

Con su trompeta nos narra la fascinación y la inquietud del compositor americano en tierras valencianas. Los pistones relatan la historia mientras el resto de la banda acompaña sus pasos con firmeza. El director parece dirigir los pensamientos de cada instrumento, como el narrador omnisciente de una novela que presenta todos los personajes.

Se trata de una obra arriesgada desde el punto de vista técnico que combina ritmos complicados con agudos inhóspitos y disonancias difíciles, no obstante, la banda consigue trasmitir esa sensación mágica de estar viendo una película que alterna el personaje del americano y sus inquietudes con la sociedad valenciana y sus costumbres.

La tensión se distribuye a lo largo de todo el concierto, con pianos, crescendos y silencios que mantienen en vilo al público.

Termina la obra y el teatro se alza en pie para aplaudir durante tres intensos minutos. La interpretación no ha dejado indiferente a nadie. Mientras, el archivero Juan prepara los papeles para "La torre de oro", una composición de Gerónimo Giménez que el director prefiere dirigir sin atril ni partituras. La presencia de las flautas destaca de entre el resto de los instrumentos, familia que será también protagonista en la penúltima obra "Danzas polovtsianas del príncipe Igor", un fragmento de una ópera del compositor ruso Borovín. La pieza romántica de estilo exótico transporta a la audiencia a un mundo de ensueño gracias a los toques del triángulo que suena de fondo y el tono melódico en el que la banda interpreta las notas.

El sonido de las tubas llena el escenario y el viento madera invita a una danza que se agita más tarde, como el final de todas las noches.

Termina el concierto con un discurso de agradecimiento del director y calurosos aplausos. Son las 21.15 h del primer domingo de mayo y todavía queda una sorpresa más, una última obra. "No acabaré hablando sino como empezamos, haciendo música que es lo que mejor sabemos hacer". Con estas palabras el director pone fin a un concierto sorprendente e inaugura una nueva etapa de la banda de Gandía bajo su dirección.

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