Es la Feria de Nuestra Señora de la Salud, el broche de oro al mayo cordobés, un mes cuajado de eventos y manifestaciones culturales que atrae a turistas de todo el mundo.

A las 00.00 horas del sábado se inauguraba oficialmente la Feria con el encendido de las 724.000 bombillas (la mayoría con tecnología led) que durante una semana alumbrarán el ir y venir de los paseantes.

Una portada monumental da la bienvenida al recinto.

Levantada sobre 34 columnas e iluminada por 55.000 bombillas, esta réplica de la Mezquita de Córdoba, de 45 metros de alto y 73 metros de longitud, no deja a nadie indiferente. Es inmensa, como lo son las ganas de disfrutar de todo el que se acerca al Arenal en estos días.

El bullicio, el colorido, la música, los trajes típicos, las calesas y los caballos inundan cada una de las calles y casetas de la Feria, repletas a cualquier hora del día o de la noche.

Aquí se mezclan y confunden gentes de diversa procedencia, personas de distintas culturas y credos, que se convierten en iguales bajo el palio de la Feria. No importa de dónde vienes, sino a dónde vas.

Gloria Pereira, profesora de Danza Española, lo sabe bien. Desde el Paseo de Caballos del recinto de El Arenal asegura que "cada feria de cada provincia tiene su encanto, pero la de Córdoba se caracteriza por ser abierta, lo que hace que se viva con mucha intensidad, tanto por los propios cordobeses como por quienes vienen de fuera".

En ella, "todo el mundo es bien recibido", asegura,

por eso "es una feria acogedora en la que se puede disfrutar".

A su lado asienten sus amigos, todos profesores de danza, como la leonesa Camino López, que repite su visita a la ciudad por quinto año porque en su tierra no existe un evento similar y porque "es una oportunidad para bailar sevillanas y disfrutar del ambiente"; o el cordobés Fran Luna, que sentencia: "la feria es una vez al año y hay que vivirla".

En otra calle, Bernard Murphy, un ejecutivo británico que desde hace años reside en Madrid, contempla la bulla y se contagia junto a su familia de la alegría del personal. Es la segunda vez que visita la Feria de Córdoba. "Me gusta mucho, aunque es extraño para mí". Por eso confiesa que se dedica a "dar vueltas", a pasear para ver dónde deciden entrar a tomar algo y, sobre todo, a sacar fotos para enviárselas a sus parientes ingleses, porque "esto es muy diferente" a lo que él está acostumbrado.

Recomienda encarecidamente perderse entre la gente, contemplar los trajes típicos y disfrutar de las casetas y la gastronomía.

Cada uno se divierte a su manera y Genoveva, una cordobesa de 9 años, lo tiene claro: lo mejor de la feria son "los cacharritos". De la mano de su padre, ataviada con un traje de flamenca y una enorme flor que le adorna el pelo, para ella no hay nada como subirse a alguna de las 77 atracciones que se distribuyen a lo largo de la Calle del Infierno.

Allí se reúnen grandes y pequeños para montarse en la noria o en los "coches locos", o para probar suerte en alguna de las tómbolas y barracas que anuncian a voces su premios.

Y en la Feria a todos les toca algo: un concierto, buena compañía, un encuentro inesperado o un amor, aunque sea pasajero. A lo largo de la semana habrá tiempo para todo y para todos. Si el cuerpo lo resiste.

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