Sean Astin tenía solo 14 años cuando saltó a la fama por protagonizar una de las películas más icónicas de la década de los ochenta: Los Goonies. Dirigida por Richard Donner, pero con el sello inconfundible de su productor, Steven Spielberg, éste fue quien le dio a Astin el papel de Mickey, el niño que lidera la expedición que lleva a cabo junto a sus amigos, la pandilla cuyo nombre da título a la película, para encontrar el tesoro del famoso pirata Willy, el Tuerto y poder, gracias a él, salvar sus casas de los inversionistas que pretenden construir en su lugar un campo de golf.

Las aventuras que corren tratando de llevarle la delantera a los Fratelli, una familia de gánsters que también pretenden la misma meta, constituyen el corazón de una de las películas más importantes de una década cinematográficamente inolvidable.

De tal astilla, tal palo, La guerra de los Rose o Memphis Belle fueron otros de los trabajos señalados de su carrera, aunque ninguno como el segundo de los personajes legendarios que ha afrontado, el de Samsagaz de la trilogía El Señor de los Anillos, dirigida por Peter Jackson.

Compañero inseparable de Frodo, ambos viajan desde La Comarca hasta Mordor para destruir el Anillo Único, en un tríptico inigualable de aventuras, fantasía, emoción y espectacularidad. Ninguna pega pudieron ponerle los fans de las novelas de Tolkien al trabajo superlativo de adaptación de Jackson, que eliminó personajes y situaciones sin que la estructura global quedara dañada y sin cansar ni medio minuto a los espectadores de tres largometrajes que hacían honor al adjetivo largo.

Astin, a sus recién cumplidos 44 años, continúa rodando, pero sin la pompa de Jackson sus trabajos han quedado tan oscurecidos como cuando dejó los muelles de Goon para adentrarse en los proyectos que le llegaron después.

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Cierto es que no cada año un actor tiene la oportunidad de enfrentarse a grandes personajes en películas tanto o más grandes que ellos, pero no es menos verdad que las dos composiciones por las que se ha hecho legendario han sido tan apoteósicas que por ellas mismas se puede justificar una trayectoria hasta llevarla a sitios donde pocos intérpretes tienen guardado un lugar de privilegio, completamente avalado por sus millones de admiradores.