La semana pasada el diario The New York Times se hacía eco en uno de sus artículos de la prohibición de varios museos estadounidenses de la utilización del palo autofoto que tanto protagonismo está adquiriendo en nuestros días, alegan para ello la protección de las obras de Arte y el intento de que todo el mundo tenga una buena experiencia en la visita a los museos.

El artículo comienza explicando un experimento de laboratorio en el que un chimpancé llamado Sultán habría sido capaz de idear la manera de alcanzar un puñado de plátanos que estaban fuera del alcance de su brazo entrelazando dos palos. Continúa explicando que sólo un siglo más tarde surge el palo de selfie, que también es llamado "la varita del narcisismo".

Está claro que a los museos les interesa tener cuanto más público mejor, pero también que tienen que cuidar del perfecto estado de las obras de arte que exponen y de que el disfrute de las mismas por parte de los visitantes sea el adecuado. Medidas como la prohibición de entrar en los museos con comida, bebida o sacar fotos con flash son bastante bien admitidas por el público en general. Otras como la prohibición de tocar determinadas obras de arte o de sacar fotos sin flash son más conflictivas, a estas se suma ahora la incipiente moda de sacarse fotos con las obras de arte utilizando el palo de selfie.

El Museo de Bellas Artes de Boston, el Museo Nacional de Diseño Cooper-Hawitt de California y el MOMA de Nueva York son algunos de los que han hecho expresa la prohibición de utilizar el palo de selfie.

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"No quiero tener que poner todas las obras debajo de un vidrio" dijo Beborah Ziska, jefe de información pública de la National Gallery of Art de Wasington, con respecto a proteger las obras. Algunos visitantes también explican que un objeto que se extiende en una longitud de tres veces tu brazo puede incomodar a los demás visitantes al inmiscuirse en su espacio vital.

Por su parte la Tate Modern y la National Gallery de Londres no se han manifestado en contra, como tampoco lo ha hecho el Museo del Louvre a pesar de las hordas de turistas asiáticos entre los que es común esta práctica.

Por otro lado también es cierto que los museos pueden favorecerse de la publicidad que les da la gente al subir sus autofotos a las redes sociales. Como le sucedió al Instituto de Arte de Chicago con su exposición dedicada a Magritte, visitada por Kate Perry que subió las fotos a Instagram logrando que aumentaran las visitas.

La experiencia de la Academia de Bellas Artes de Brera en Milán sería pésima al ver una de sus esculturas del s.XIX, una copia del Fauno Barberini (el original es el s. III a.C.), rota porque un estudiante se subió a su pierna izquierda para tomarse una foto.

En definitiva un tema polémico el de poner límites al disfrute del arte, donde el civismo y el respeto hacia las obras y a los demás deben de estar siempre muy presentes.