Dice la vox populi que la ignorancia es uno de los grandes males que existe sobrela faz de la tierra. Y es que a veces por ignorar algo o a alguien cometemos crasoserrores. Sin embargo, como de blanco a negro hay varios matices de gris, esnecesario distinguir qué tipos de ignorancia existen. Por una parte, según entiendo, seencuentra la ignorancia deliberada y, por otra, la ignorancia natural, ésta hasta cierto punto puede eximirnos de cualquier adversidad pues no se nos debería juzgar por nosaber algo o porque simplemente no lo hemos aprendido o no nos lo han enseñado.

Pero,por otra parte, la ignorancia deliberada es o puede ser, sin duda, cruel ydespiadada, porque aquí interviene la voluntad de no querer saber y, porende, el no importarle lo que pueda acaecer.

Saco a cuento esta reflexión por una noticia de la cual mehe enterado recientemente, en la que se refiere que han robado una de lasplacas de bronce representativa en un monumento de la tumba del escritornorteamericano Mark Twain, cuyo verdadero nombre era Samuel Langhorne Clemens(1835-1910). De acuerdo con la noticia dada a conocer por la agenciaAssociated Press, la placa fue sustraída del cementerio de Woodlawn en Elmira,al norte de New York, por lo cual la policía ya investiga quién o quiénesfueron los autores del robo.

Mientras tanto, lo que en cierto momento y lugarpudiera parecer insignificante, toda vez que puede llegar a ser muy frecuente quehaya ladrones de este tipo de materiales que venden sin problemas en losrecolectores de desechos, locurioso es que se llevó a cabo en la figura del escritor reconocidopor Las aventuras deHuckleberry Finn y Tom Sawyer -ambasbasadas en las vivencias a orillas del Mississippi, esta última másautobiográfica que la primera-, y por lo tanto un hombre insigne de la cultura.

La pregunta obligada aquí y ahoraes: ¿se habrán robado la placa de Mark Twain sin intención o deliberadamente? Como sea que haya sido, lo que se busca en esta opinión no es juzgar el hecho en sí mismo sino en matizar lamanera en que éste se realizó, pues siempre estará presente el dilema de si eso no válido robar por necesidad.

Lejos de querer catalogar como ignorante a quiencometió el robo, lo que resulta curioso es que gracias a este enapariencia insignificante hurto me he acercado a la vida y obra de un importanteescritor, aventurero, periodista que dio carácter popular y un humor muysingular, en el contexto de la era industrial (siglo XIX y XX), a las letrasuniversales.

Por eso digo, ¡bienaventurados sean los pobres que robaron la placa de MarkTwain porque de ellos será el reino de los cielos!

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