Cada día en todo el mundo miles y miles de humanos poligonales mueren acribillados a balazos, despedazados por obscenamente grandes armas blancas o aplastados por vete tú a saber qué miles de ingenios en miles de televisores para horror de la opinión pública y sus familias igualmente poligonales, claro que también miles de monstruitos coloristas son obligados por la fuerza a entrar en bolas de plástico aún más coloristas y nadie parece quejarse de ello.

La cuestión es que miles de juegos cada día a lo largo de todo el planeta muestran el mismo tipo de violencia que pretendía mostrar el juego llamado "Hatred", en el que nos convertiríamos en un asesino en masa que, henchido de un (para él al menos) lógico odio por la humanidad en su conjunto y la ciudad de Nueva York para ser un poquitín más concretos, decide comenzar una matanza indiscriminada.

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El juego, en esencia, es una serie de niveles en la ciudad de los rascacielos y en la que nuestra misión es matar a todo lo que se mueva y a ser posible también lo que no. Por supuesto, esto no difiere mucho de, por poner un ejemplo, "Destroy All Humans", en la que nuestra misión es matar a todo humano que encontramos en mitad de una extraña década de los 60 en la que todo el mundo parece ignorar que somos un ser gris con una escafandra y una enorme pistola de rayos láser con la que asesina a todo lo que se mueve.

La gran diferencia es que en este caso todo es una especie de comedia mientras que en "Hatred" no solo no están de broma sino que encima obvian completamente cualquier corrección y la razón principal de este asesino de masas es que odia a la humanidad por lo que somos. Eso es algo que en principio no se consideró políticamente correcto y se pensó, y de hecho se hizo, eliminar el proyecto por inadecuado. Sin embargo, el público ha demostrado ser más sano mentalmente que los encargados de decidir si merecía una oportunidad y han pedido que el juego salga a la luz, lo que tendrá lugar en algún momento del segundo trimestre del año que viene.

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Una victoria para los que quieren que sea el público, y no las compañías, quien decidan lo que llega a las tiendas.