A sus 79 años recién cumplidos, el maestro neoyorkino Allan Stewart Konigsberg, más conocido por #Woody Allen, continúa con sus lecciones anuales de buen #Cine, incluso en sus películas menos logradas. La última estrenada, ambientada en la Costa Azul francesa en 1928, tiene una aparente sencillez, casi de película menor, pero tiene debajo de ella mucho más de lo que aparenta.

Un famoso mago inglés, Stanley Crawford, que actúa disfrazado de chino salido de una novela de Fu-Man-Chu y se hace llamar Wei Ling Soo, es un hombre arrogante, misántropo y vanidoso. Un día su amigo Howard Burkan (Simon McBurney) le convence para desenmascarar a una vidente, Sophie (Emma Stone).

Stanley, que detesta a los falsos videntes, acepta y va a la mansión del sur de Francia a verlos.

Allí empezará una historia de fascinación por parte del escéptico Stanley, que allí se hace pasar por hombre de negocios, por la joven vidente y su vida de novia de un joven rico que le promete un matrimonio de novela basado en viajes de placer a sitios exóticos y fundaciones filantrópicas.

Empieza la amistad entre Stanley y Sophie, pese a sus caracteres antagónicos, la frialdad de él, de vuelta de todo, y el optimismo juvenil de ella, aunque con los pies en la Tierra. Entre ellos habrá varias conversaciones, donde sobresaldrá la lengua afilada de él. Asistirá a algunas de las sesiones de vidente de ella y allí verá cosas asombrosas, que le hace pensar que ella parece que es vidente de verdad…

Allen lleva todo con la seguridad de un maestro, donde nada desentona, desde la cuidada ambientación de la época (vestuario, mobiliario, los automóviles, incluso los paisajes, en los que se cuida de que no aparezca nada moderno al fondo, etc.) a la fotografía y el tempo narrativo.

Vídeos destacados del día

Todo está narrado con sutileza, nos parecerá que no ocurre nada importante, salvo las opiniones filosóficas del protagonista, afiladas y sutiles, que no tiene nada que envidiar al misántropo que tan bien encarnaba Larry David en "Si la cosa funciona". Colin Firth, la primera vez que trabaja con Allen, compone un personaje soberbio, que parece que no dice ni hace nada importante, pero que llena la pantalla y eclipsa al resto de actores. Y él engrosa la lista de personajes allenianos que discuten sobre los temas favoritos del cineasta: la vida, el amor, la muerte y Dios.

Emma Stone también destaca sobre los demás, aunque el personaje de Colin Firth la supera, pero sabe mostrarse como lo contrario del escéptico Stanley, aportando otra manera de ver la vida, en su aparente fragilidad. Allen no le da tanto protagonismo como a las actrices de sus obras maestras "Hanna y sus hermanas" o "Annie Hall", pero lleva bien su personaje con seguridad en sí misma.

En cada nuevo visionado, veremos pequeños detalles que no vimos en el anterior, y eso es gracias a Allen y su talento, que esperemos que nos siga dando bien cine muchos años, y de paso, que inspire a nuevos cineastas, que muchos han aprendido de él a hacer buenas películas.

El programa televisivo "Días de Cine" le dedicó un reportaje sobre su carrera rescatando incluso declaraciones de gente que le define como el Albert Camus del cine, lo que para él, gran admirador de la Literatura europea, es todo un elogio. Por ello es en Europa donde sus películas tienen más atractivo entre el público.