Parece que si no son Pedro Almodóvar o Javier Bardem quienes compiten por los premios España no tiene derecho a ganarlos. Es la conclusión que uno saca de ver cómo continuamente, tanto en festivales como en galas anuales, a España se la ningunea. Ha vuelto a ocurrir y tanto Carmina y amén, como mejor comedia, como La herida y 10.000 Km en el apartado de película revelación y Marian Álvarez en el de mejor actriz, por la segunda, se fueron sin nada de la ceremonia de los Premios del Cine Europeo. Cierto es que resulta incontestable que Marion Cotillard fuera la ganadora, pero no es menos cierto que de haber sido Penélope Cruz la nominada, su candidatura hubiera estado mejor situada que la de Marian, le habría hecho más sombra a la francesa.

Y sí, fue una lástima que Paco León no haya dejado Riga, lugar donde se celebró esta fiesta, con el premio bajo el brazo, pero ya sabemos que esto no es más que un juego y afortunado ha de sentirse aquel que es llamado a participar en él. León sabe que puede, y debe, ir con la cabeza bien alta por haber conseguido situar en el podio una de las grandes películas del cine patrio, de este y otros años, que cuando pasen diez no recordaremos, sin mirarla, la fecha de producción, y porque, tratándose de una comedia, género tan reacio a ser premiado, su cinta se ha erigido entre las tres que la Academia europea ha destacado como mejores de toda la producción del continente. Ahí es nada.

La absoluta vencedora de la noche fue la polaca Ida, un fascinante retrato de un pasado no tan lejano que ha cosechado las mejores críticas y los más sonoros aplausos.

No es para menos, y el hecho de que haya obtenido cinco de los seis galardones a los que aspiraba (mejor película, director, guión, fotografía y premio del público) no hace sino reforzar la idea de que tiene todas las papeletas para triunfar en los Oscar, lo cual, ciertamente, no estaría de más. También hay que destacar el premio al mejor actor, que recayó en Timothy Spall, el inglés que da vida de forma admirable al pintor William Turner en Mr.

Turner, de Mike Leigh. Hay que quitarse el sombrero ante la creación que Timothy consigue del excéntrico pintor, y, de paso, felicitar a la Academia por no haber premiado a otro, mereciéndolo él como lo merecía.

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