Sobre Hollywood, el envejecimiento de sus actores, el mecanismo de funcionamiento de la industria y, cómo no, el comportamiento del público a la hora de elegir una película antes que otra dependiendo de la edad de sus intérpretes son solo algunos de los temas que abarca la gigantesca El congreso, cinta norteamericana firmada por el autor de la sensacional Vals con Bashir, el israelí Ari Folman. La película, basada en El congreso de futurología, de Stanislav Lem, también autor de Solaris, pasó por distintos festivales en España y tuvo un estreno muy limitado en nuestro país hasta que, por fin, ha llegado a las plataformas de visionado legales.

En este caso hay que lamentar que su distribución no la llevará hasta el último rincón de la península porque su potencia visual es tan grande que las pantallas más desproporcionadas se quedan pequeñas a la hora de transmitir la fuerza que desprende.

Aunque no todo en El congreso es la base sensorial que provocan sus imágenes, el mensaje que envía a la industria del Cine y a los espectadores que se rinden ante ella es absolutamente demoledor. El cine norteamericano suele ser bastante crítico con la realidad estadounidense, y así como no tienen problema en criticarse por su política interior y exterior, tampoco miran hacia otro lado cuando de autocrítica a su industria audiovisual se refiere, de manera que cintas como El crepúsculo de los dioses o El juego de Hollywood no han dudado en poner el acento sobre lo que consideran el lado oscuro de los brillos de los focos.

El congreso no es ajeno a esta intención y desgrana con incisión y acierto hasta qué punto incluso la libertad de los actores para desarrollar su carrera se ve mermada por hilos que están muy lejos de controlar.

La acción real y la Animación se mezclan sabiamente en este mosaico de frustraciones en el que el cine acaba siendo un objeto más de manipulación para deleite de las masas.

Robin Wright, en medio de ambos mundos, realiza una de las mejores interpretaciones de su carrera, ofreciéndonos todos los cambios de registro que su personaje, alter ego de sí misma, experimenta a cada revés de los avances tecnológicos frente a un pasado que quiere mantener en presente. El resultado de esta batalla interna es una secuencia de transición tan espectacular como emotiva que apenas tiene comparación con nada de lo visto anteriormente en cinematografía alguna. 

Hay que tener mucha clase para desbaratar la imagen que Hollywood ha forjado frente al mundo, rehacerla creando un método operativo más eficiente para sus propósitos y seguir manteniendo la categoría de narración enmarcada dentro de la ciencia ficción en la que originariamente vio la luz.

Una clase de la que Ari Folman hace gala en cada plano, descolocando, removiendo y situando también al espectador en la diana de un relato que no deja de ser un espejo de lo que desea y proyecta en una industria que no hace sino concederle todos sus deseos, por mucho que le pese a sus creadores.

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