Todos los años Woody Allen estrena película, es uno de los directores más prolíficos del panorama actual y no bien acaba de rodar una cuando ya se pone con la siguiente, aunque muchas veces no tenga ni título para ellas hasta poco antes del estreno. Es igual, Woody ya ha alcanzado un estatus en el que (casi) cualquier película que hace obtiene el beneplácito de crítica y público. Muy mal se le tiene que dar la cosa para que no se le aplauda, que fue lo que le sucedió con A Roma con amor, trabajo irregular del que solo salieron airosos Roberto Benigni ni Penélope Cruz. Gracias a Blue Jasmine volvió a recibir múltiples parabienes y aun hoy se sigue considerando un hito del director neoyorquino, que ahora llega con Magia a la luz de la Luna, su nueva cita con las carteleras del mundo.

En ella, Allen nos presenta la historia de un mago con fama de perfecto desembaucador de todo aquel que intente asegurar que lo inexplicable realmente tiene cabida entre lo explicable. Así las cosas, Stanley se las verá y se las deseará para demostrar que Sophie, una joven capaz de conectar con el más allá, está fingiendo y que su don, lejos de ser lo especial que asegura, no es más que un número a añadir en la lista de fraudes. Allen trata de volver a la comedia clásica que tan buen resultado le dio en Todos dicen I love you o Scoop, y le sale un producto simpático que no termina de entusiasmar. Quiere ser tan deliciosa que se pasa con el azúcar y acaba siendo algo más pesada de lo que pretendía, entre otras razones debido a una Emma Stone que no pone las cosas fáciles para no resultar cargante.

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No es una mala película pero está lejos de ser brillante y con el tiempo acabará en el saco de las cintas de Woody que no se citen entre las grandes.

Mención especial merece su protagonista masculino, Colin Firth, el actor inglés que obtuvo el Oscar por la interpretación por la que, posiblemente, menos lo merecía de toda su carrera: El discurso del rey. Colin, inmerso en la piel del desembaucador Stanley, es quien sostiene la película, despertando admiración en cada plano en el que está presente. Ni siquiera empapado bajo la lluvia pierde un ápice de encanto. Todo, el tono dubitativo que le otorga a su personaje, los cambios de registro por los que lo lleva la historia y que tan bien asume como actor, lo convierten en uno de los mejores alter ego que Woody Allen haya volcado en uno de sus largometrajes. Si no hubiera ganado la estatuilla que le debían por A single man en su convencional retrato del tartamudo rey Jorge VI, este debería ser el trabajo por el que la Academia lo reconociera. Pocas veces hemos visto en el Cine reciente una demostración tan palpable de que el espíritu de iconos como Cary Grant o James Stewart sigue presente en la actualidad. Allen le debe mucho a Colin en esta Magia a la luz de la luna que, lamentablemente, se queda sin ella antes de que la luna aparezca.