Pues lo que parecía un clamor a voces finalmente ha sido ratificado por el juez Ruz. Ana Mato sí se lucró en los delitos que se le atribuyen a su exmarido Jesús Sepúlveda. Y sí, ha dimitido por estar relacionada con la corrupción, una dimisión normal, lógica en un país democrático, pero no en uno con nuestra democracia, donde una dimisión así causa sorpresa. 


Causa sorpresa porque aquí, en España, estamos acostumbrados a que nuestro presidente se codee con los que más dinero roban a las arcas del estado, y hasta les da ánimos y apoyos cuando uno de estos criminales es cazado con las manos en la masa, como pasó con el famoso "Luis, se fuerte".

Y es que si viéramos con normalidad que bajo estas circunstancias un cargo público debe dimitir, o si entre clase política esto fuera algo lógico y normal, también debería hacerlo el actual presidente del gobierno.

Pero no creo que esté por la labor, sobre todo tras haber escuchado esta mañana sus declaraciones en el Congreso, en las que decía no querer hacer un juicio de valor sobre la ex-ministra Mato. Normal, ya que también se lo debería aplicar a sí mismo.

Pero realmente esta dimisión no debería sorprender a nadie, pues la ex-ministra, además de estar relacionada con tramas de corrupción -algo que casi parece un rasgo cualitativo de su partido- ha estado rodeada de polémica con sus declaraciones y el descontento social tras sus decisiones incluso antes de que fuera nombrada ministra de sanidad a finales de 2011. 


Entre sus declaraciones más lamentablemente destacadas tenemos el celebre "sabemos que los niños andaluces son prácticamente analfabetos". Estas declaraciones fueron antes de ser ministra, en 2008, en plena campaña para las elecciones andaluzas. Como es obvio, tuvo que rectificar.

"No es lo mismo una persona que no está enferma en su consumo de medicamentos que una persona que está enferma" o "hemos aprobado una medida aprobada". Podría parecer el dialogo surrealista e incoherente de una obra de los Monty Python, o un fragmento de algún programa de Muchachada Nui, pero no; lamentablemente también son declaraciones que la ex-ministra de Sanidad realizó en 2012 para justificar lo injustificable. Y claro, este es el resultado de intentar justificar lo injustificable: declaraciones incomprensibles, incoherentes e irracionales. 


Sobre el copago, qué decir: una medida tan impopular como ineficaz técnicamente hablando, ya que resultaba más cara llevarla acabo que el beneficio que ésta podía reportar, por lo que no se ha llevado a cabo en ninguna comunidad, ni tan siquiera en las gobernadas por su partido.



Y en su último caso polémico y quizás también el más mediático, el caso del ébola, estuvo cuestionada en todas sus decisiones, siendo recibida con una fuerte crítica por parte de los medios de comunicación y de la opinión pública. No es para menos teniendo en cuenta que sus decisiones iban en dirección opuesta a la que daban los expertos. Además, no dio la cara y delegó la mayor parte de su responsabilidad en sus subordinados. Acción por la que fue tachada de carecer de autoridad, pero teniendo en cuenta su historial de errores y declaraciones polémicas, en los que cada vez que daba una opinión creaba una polémica, creo que esa fue su mejor decisión como ministra: desaparecer, no estar, no ser, no hablar. Bueno, esa fue su mejor decisión hasta ayer, cuando decidió dejar de estar, de ser y de hablar.

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