Los días 11 de cada mes, al caer la tarde, hay una pintoresca manifestación al lado de la madrileña Estación de Atocha. Un grupo de gente, cada vez menos numerosa, se baja de una furgoneta, monta una tarima, le añade la bandera española con una imagen de un peón de ajedrez negro, pone unos cuantos adornos, muestra algunas camisetas para comprar (merchandising), da unas cuantas pancartas a los manifestantes que ponen "11-M" o "Queremos saber" y el orador empieza su discurso.

Peones Negros es una plataforma de gente convencida de las teorías de la conspiración por los atentados del 11 marzo 2004, que mataron a 192 personas en varios trenes de Cercanías.

Es de las más beligerantes con estas teorías, y en su apogeo reunía a miles de personas, en cualquier manifestación y en cualquier lugar.

Pues la primera vez que vi a Peones Negros en directo fue por casualidad, al salir de la Estación de Atocha para ir a mi casa. Lo que vi me parecía tan pintoresco, tan anacrónico, que no me lo creía. Un orador de voz aflautada y retórica anticuada se dirige a un grupo de gente escasa, que en las veces que les he vuelto a ver, nunca ha pasado de unas 30 personas. La gente que pasa por la calle sigue con su paseo, entra en la estación o coge el autobús. Pocas, muy pocas, se quedan a oír el resto del discurso.

El orador habla lamentándose todo el tiempo de que la gente no opine lo mismo que él sobre los atentados del 11-M, que según él es ETA la única culpable, que nunca ha sido Al-Qaeda, como si fueran tontos o herejes, o algo peor.

Es de esos al que te da miedo llevarle la contraria porque te puede condenar al Infierno, o dejarte sin amigos, o peor, decir a toda la concurrencia que no funcionas en la cama. O algo peor.

Como entonces Pedro Jota Ramírez, uno de sus más mediáticos adoradores, era director todavía de El Mundo, tenían un poder increíble, les daba páginas y páginas de su periódico para explicarse.

Ahora están en decadencia y con muchísimas escisiones entre ellos.

Este día 11 me acerqué a Atocha, a ver cómo funcionan sin su gurú apoyándoles (léase Pedro Jota), ahora desaparecido en combate, y aunque demuestran entusiasmo a prueba de bomba, siguen siendo poquísimos. Y encima, el mal tiempo en Madrid, con lluvia constante, les obligó a poner su chiringuito no en la puerta principal, sino en la posterior, con techo que les resguarda, pero con goteras, bancos ocupados a esas horas por mendigos africanos y rumanos que pasarán allí la noche, y con los pasajeros de varias líneas de autobús que tiene allí su parada de cabecera.

Es decir, que si cuando están en el exterior y con buen tiempo apenas llegan al medio centenar de manifestantes (o mucho menos), con frío y lluvia es peor.

En YouTube hay muchos vídeos, unos con partes de sus discursos e incluso otros parodiándolos, pero muestran como nadie que la gente ya se los mira como quien pasa por la Puerta del Sol madrileña y ve a los evangelistas brasileños o a los saltimbanquis de las Ramblas barcelonesas que se disfrazan del Che Guevara o bailan break dance. Aparte de que lo que cuentan ha sido desmentido incluso por quienes adoran tanto (George W. Bush), pero no quieren enterarse.

Estos no se retirarán en el mejor momento, como Lluís Llach, sino cuando queden pocos por edad o cuando estén dando el mitin en los autocares de los viajes del Inserso.

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