Era evidente desde el mismo momento en que Cataluña comenzó su proceso independentista: el nacionalismo español, manifiesto en partidos políticos, medios de comunicación, los tribunales superiores nacionales, los líderes de opinión, etc. no quería conocer la opinión de los catalanes al respecto, por miedo a que el independentismo, aunque no fuera la opción mayoritaria, tuviera un amplio respaldo. Sin embargo, los miedos nacionalistas españoles eran mucho más profundos y terribles, de ahí la obcecación.

Pero igual ocurre aquí que en las tragedias griegas, en las que el Oráculo de Delfos vaticina un destino terrible al héroe de turno, quien, para evitar ese destino, emprende un curso de acción que desemboca necesariamente en la tragedia que el oráculo predijo.

Se ha hecho lo imposible por impedir la consulta, se ha intentado imponer una voluntad externa a Cataluña a los ciudadanos catalanes. Y eso, precisamente, ha desembocado en este resultado. Básicamente, se le ha dicho a los catalanes que deben obedecer la voluntad de los españoles: craso error.

Obviamente, en Cataluña la respuesta ha sido rotunda: "el Gobierno de "Spanien" no es quién para decirles si deciden o no. Y vista su actitud dictatorial, respaldada por los españoles y amparada en el Tribunal Constitucional, nos vamos". Esta es la traducción del doble sí. Obvio y comprensible.

De haberse realizado un referéndum legitimado por las instituciones públicas, eso no implicaría necesariamente la secesión de Cataluña, salvo en el caso de que hubiera salido un masivo doble sí en el resultado, como ha sido el caso.

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La obcecación del gobierno central y el odio generado en la población española hacia Cataluña es lo que ha convencido a los catalanes de que hay que salir de España pitando.

Pero el miedo a conocer los resultados del 9-N va más allá de la Independencia de Cataluña. La consulta del 9-N ha sido también un sondeo sobre la monarquía española, el voto independentista supone un rotundo rechazo a la monarquía. Es más, en la medida de que Cataluña pretende convertirse en una república democrática, es un voto republicano.

Profundizando más en el significado de esta consulta histórica, encontramos otro miedo del poder a la celebración de la misma, más que a los propios resultados: el 9-N pone de manifiesto que las unidades políticas pueden ser configuradas por una decisión democrática tomada por un pueblo a través de las urnas. En otras palabras: que pueden ser los ciudadanos quienes configuren su propio estado desde sus mismos cimientos. Esto supone una ruptura con el pasado y un avance hacia un paradigma genuinamente democrático, inexistente en España hasta ahora.

La actual España es lo que es, no porque lo haya decidido el pueblo ni porque le beneficie. No hay una razón de estado más allá de las creencias absurdas de reyes del pasado, que pensaban que Dios los había puesto donde estaban y que, como mínimo, tenían que conservar los títulos y territorios heredados, cuando no ampliarlos.

España, como tal, es como un traje cosido con retales, es el producto de interesados matrimonios de estado, de conquistas y extorsiones, que han llevado a uniones de pueblos y territorios. Así que el 9-N ha cuestionado también la legitimidad de la nación española.