Hay regresos que se esperan con impaciencia y se reciben con especial devoción. Hace unos años los admiradores de Miguel Ángel Solá celebramos entusiasmados su vuelta a las tablas, tras un accidente sufrido en la isla de Gran Canaria, cuando estrenó Por el placer de volver a verla, junto a su entonces esposa, Blanca Oteyza, y ahora le toca el turno a Concha Velasco, quien tras un período de ausencia por enfermedad vuelve a adueñarse de los escenarios con la naturalidad y la grandeza de quien ha nacido para hacer suyo el medio. Después de recoger aplausos por su memorable transformación en Hécuba, retoma un proyecto anterior a ese y se convierte en Olivia, la madre entregada y exhausta de Eugenio, un chico alegre y despierto cuyo único error ha sido venir al mundo con Síndrome de Down.

Olivia y Eugenio, escrita por el peruano Herbert Morote, es un canto a la vida a través de todo lo que en ella se encuentra, incluyendo el dolor que provocan las enfermedades, o los recuerdos que acumulamos, porque tanto destruye a un ser humano la decadencia física como la nostalgia de lo que pudo ser y ya no es, o de lo que fue pero pudo haber sido de otra manera. Sin embargo, no todo es tristeza en esta representación, también hay amor, y mucha ternura, envueltos ambos en ese sentido del humor que se encuentra hasta en las situaciones límite. Olivia quiere a su hijo, es un jovencito que se hace querer, pero ella ha de mirar por el futuro que le espera y llega a la conclusión de que hay cosas que son incompatibles con la realidad, esa que decide qué es normal y qué no, independientemente de la lógica que tenga en su aplicación práctica.

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Concha está espectacular en todo momento, aunque lo cierto es que la gran Velasco solo sabe estar así, pero es asombroso comprobar cómo, una y otra vez, es capaz de llevar a lo más alto cualquier personaje que llegue a sus manos. Gracias a ella, Olivia es una mujer cercana a la que podemos entender: se queja de las mismas cosas por las que protestamos los demás en la actualidad y lamenta aquello que no tiene remedio por más que se trate de mirar con buenos ojos. Olivia somos un poco cada uno de los espectadores que la vemos y la reconocemos como un ser humano fuerte y débil, derrotado e ilusionado. Las dos caras de la moneda son posibles porque Concha hace fácil lo difícil y por eso sigue mereciendo cada uno de los aplausos que se le dedican, platea en pie incluida. #Famosos #Teatro