No podría haber escrito Mario Vargas Llosa una declaración de amor más bonita a su tierra natal, ni José Sacristán haber interpretado mejor al profesor de Arte italiano adoptado por Perú hasta sus últimas consecuencias. No podría haberse contado mejor el dolor que supone amar un pasado sin sentido para quienes tienen el poder de derribarlo. El loco de los balcones, texto que el Nobel destina a disfrutarse en las tablas, es un canto a todo aquello que se defiende con la triste intensidad que desemboca en el vacío de la nada, en el que Vargas Llosa dibuja un ejercicio de perseverancia admirable que solo los románticos son capaces de diseñar.

Historia basada en un limeño, también profesor de Historia del Arte, que defendió los balcones coloniales de su extinción, allá por los años 50, es ahora Sacristán el que le da vida en una más de esas grandes composiciones a las que nos tiene acostumbrados.

Desde el escenario nos propone preservar aquello que nos ha pertenecido para que siga siendo nuestro, una meta lógica y razonable en la que debemos poner todo el empeño porque en el fondo es lo único que le va a quedar a las ciudades cuando nosotros faltemos o, simplemente, no vivamos en ellas.

Un Quijote que defiende balcones, un hombre prácticamente solo al que lo único que le queda es la ilusión de convencer. Una quimera artística hecha arte por un artista, por un Mario Vargas Llosa que una vez más demuestra un dominio de la palabra digno de un maestro. Lo único que no termina de acompañar a la representación son algunas soluciones escénicas, que resultan poco acertadas aunque pretendan ser ingeniosas, y unos números musicales a modo de manifestaciones que, lejos de tener la solvencia del resto del espectáculo, lo lastran.

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Pero la grandeza del texto, su belleza dañina, el enfrentamiento con la realidad que vive su protagonista central, reflejo de cuanto, sin rebuscar demasiado, hoy mismo podemos encontrar en los titulares que nos asaltan, no hace sino elevar El loco de los balcones a la categoría de obra imprescindible a la que asomarse desde nuestra cómoda butaca. #Teatro