A partir de los últimos días de septiembre algunas personas miran constantemente la situación del tiempo en el Atlántico. Buscan violentas tormentas en el mar, borrascas azotando el Golfo de Gascuña y fuertes vientos del oeste en el Golfo de Vizcaya. Y cuando esto ocurre, saben que las aves marinas migratorias, que vuelan cerca de la costa europea en su camino al sur, se acercarán un poco más a tierra adentro, o se detendrán unos días en los formidables y cortantes acantilados negros a descansar. Y eso sucederá en el punto más septentrional de la península, a 43º y 48´ de latitud norte. En Estaca de Bares.

La zona que establece un rectángulo imaginario cuyos dos vértices inferiores son Punta Candelaria y Estaca de Bares y que se extiende 13 km mar adentro es el corredor más importante de aves marinas de Europa y un lugar privilegiado para su observación. Al cabo del año son más de un millón las que lo atraviesan en su migración postnupcial. Y por ello el BOE del 17-7-14 lo declaró ZEPA, es decir Zona de Espacial Protección de Aves, en el marco de la Red Natura europea.

Así, no hay ni un solo día del llamado año ornitológico en que no se aposten frente al Observatorio de Estaca de Bares, varios ornitólogos armados de telescopios, prismáticos y cuadernos de campo. Escrutan el mar y anotan las especies del día.

Antonio Sandoval, en su fantástico libro "¿Para qué sirven las aves?", editado por la Ed. Tundra y que es, a juicio de la crítica, uno de los mejores libros de divulgación científica escritos nunca en España, relata algunos de sus días de observación. "Son la viva imagen de la tenacidad. Cuando el sol emerge a mi derecha y el océano adquiere un brillo de mercurio, parecen brotar [las aves] de esa luz" .

Días increíbles, en que, en muy pocas horas aparecen casi 23.000 alcatraces marinos que cuenta junto a su mujer, Ana. Otros, en que un ornitólogo danés entra en el refugio de observación al amanecer, cuando aún ni la luz del sol empieza a colorear el cielo y grita emocionado: "¡¡El mar está lleno de págalos marinos!!".

Otros días son las gaviotas tridáctilas las que se cuenta por miles y, a veces, cuenta, la procesión de pardelas cenicientas que vuelan rozando los blancos borreguillos de las olas cubren el mar de un extremo a otro donde alcanza la vista. Vuelan también los alcas y los cormoranes, el falaropo picogrueso que viene de Groenlandia, el pagas pomarino que inicia su viaje en Siberia y la pardela pichoneta cuyo destino es Argentina y Uruguay. Cada ejemplar se anota y el resultado se publica en el Boletín de la Estación Ornitológica.

¿Cómo se orientan las aves? ¿Siguiendo los campos magnéticos o las estrellas? ¿Cómo atraviesan miles de kilómetros sobre el mar hasta sus destinos lejanos? Los hombres llevan milenios preguntándoselo.

Aristóteles, que fue el primero en fijarse en que algunas aves buscaban otras tierras, conjeturó que las golondrinas pasaban el invierno hibernando en el fondo de los lagos. La idea aún se mantenía en 1757, cuando publicó Linneo su "Migrationes Avium". Entonces, con la llegada del método científico, algunas mentes curiosas empezaron a buscar explicación a que, en algunas fases del año, determinadas especies desaparecieran para volver luego a reaparecer. ¿A dónde van esas aves? En 1822 el conde Chirstian Ludwig von Bothner salió con su arma al hombro, avisado de la presencia de una extraña cigüeña en sus tierras. Una vez abatida comprobó, con asombro, que su cuello estaba atravesado por una lanza.

Por eso su extraño aspecto. Atónito, llevó el cadáver del ave a las autoridades académicas de la época quienes certificaron el origen de la lanza: centroáfrica. Esta se considera la primera noticia del conocimiento de las migraciones.

En España, uno de los lugares más visitados por los ornitólogos europeos, crece incesantemente el estudio de las aves y la sensibilidad hacia su protección. Y cada vez es más frecuente encontrar en espacios más conocidos como Doñana y otros menos, como los humedales de Tierra de Campos a algunas de las cientos de miles de personas que en todo el mundo se dedican, como profesionales o voluntarios, a la observación y al estudio de las aves. Cientos de miles que atienden a ese flujo que es como un río aéreo, y que sienten, en palabras de Antonio Sandoval, "ese arcano vértigo que provocan las más rotundas demostraciones de la naturaleza".

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