He visto por casualidad esta película que tanto ha llenado los cines del Estado español, tanto ha hecho reír al público y tantos elogios ha despertado. Siento disentir de tanto entusiasmo, pues en la hora y media de metraje de la misma apenas pude reírme un poco, y eso que me considero alguien con sentido del humor.

Todo empieza con una vasca temperamental, Amaia (Clara Lago), que con dos amigas asiste a un espectáculo de flamenco y "club de la comedia" en Sevilla, después de una traumática ruptura con su novio.

Se ofende ante los chistes anticuados y antivascos del monologuista andaluz, Rafa (Toni Rovira).

Su relación es de tira y afloja, entre temperamentos y egos radicalmente distintos. Después de una noche de sexo sin sexo, la chica se olvida su bolso al volverse a su tierra. Rafa, obsesionado con ella, decide aventurarse a llegar al pueblo natal de la chica. Como sabe imitar el acento vasco, se hará pasar por vasco de toda la vida para intentar conquistarla, aunque tendrá que convencer al autoritario padre de ella (Karra Elejalde).

Como se imaginarán, todo es una comedia de enredo clásico, a la española, con concesiones al chiste fácil y al tópico, regional en este caso. Y ese es el problema (grave) de la película entera, ya que no se puede sostener toda la acción a través de gracietas mal conseguidas como la pelea dialéctica inicial entre Amaia y Rafa, o las disputas en el pueblo vasco de ella, con abertzales de tebeo conspirando para armar la gorda. Me hacen mucho más gracia las parodias de regiones que el programa televisivo catalán "Polònia" hace de vez en cuando, con más talento y huyendo de la gracieta anticuada.

Si algo debemos salvar de "Ocho apellidos vascos" es el entusiasmo de sus actores, en especial el desconocido Toni Rovira, que salva su imposible personaje de andaluz reconvertido en imposible vasco. También Karra Elejalde, que aporta veteranía y humanidad. Y las dos mujeres, Clara Lago y Carmen Machi, cada una con un estilo definido y diferente.

Pero eso no evita que algunos nos quedemos con una sensación incómoda de haber visto una película de Mariano Ozores modernizada, aunque eso, Emilio Martínez Lázaro, ya experimentado en la comedia, sabe llevarla con seguridad en su puesta en escena, incluso en las vistas más tipo tarjeta postal que otra cosa de Sevilla (con una absurda aparición final de Los Del Río, que no aportaba nada) y ese País Vasco siempre nublado y lluvioso.

De eso prefiero acordarme, no de los continuos "Mi arma", "Ay va la ostia" y demás frases tópicas de los dos mundos que pretende retratar, repetidas hasta el hastío, aunque los guionistas sean vascos y sean responsables de un prestigioso programa de humor de la televisión vasca ETB.

Hasta ahí mi crítica de la película, pero me pregunto si el Cine español necesita sólo películas así para llenar las salas. Hombre, no, pues también está "El niño", con el notable Daniel Monzón como un Michael Mann español.

Es decir, Cine sin pretensiones y más bien vacío. Los espectadores huyen del cine "sesudo", o que creen que lo "intelectual" es pesado y aburrido. Depende, pues muchas mujeres están encantadas de conocer a intelectuales, que saben hablar, algo que muchos hombres no saben.

En "Ocho apellidos vascos", si se fijan, no hay ningún intelectual, sino hombres primarios, dados unos a la juerga continua y otros a la pelea. Se está preparando una secuela, "Nueve apellidos catalanes", y me echo a temblar.

Vuelvo entonces a lo que dije antes, que los guionistas del "Polònia" saben hilar mejor chistes regionales mejores, pero esos no interesarán a los espectadores que vean esa secuela, donde me temo que, como catalán, tendré que ver una Catalunya donde todos seremos tacaños, aburridos y pedantes. Sería como si hicieran una sobre Francia, y todos los franceses hablarán con acento exagerado y cursi, serán adúlteros, chauvinistas y pedantes hasta para decir la hora.

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