No es lo mismo tenerlas lejos que a mano. Por mucho que el crítico favorito del lector, espectador u oyente las recomiende, por mucho que hayan salido vencedoras de tal o cual festival de Cine, o que incluso hayan sido candidatas al Oscar a la Mejor Película de Habla no Inglesa, a los títulos de nacionalidades poco convencionales les cuesta hacerse querer, y una cosa es tener claro que tal vez aquella cinta canadiense, belga o pakistaní es una joya y otra muy distinta tener ganas de verla cuando ya está disponible en la sala de cine, en VOD o en formato doméstico.

Existe el concepto de que una película que se salga de los cánones a los que estamos acostumbrados por tradición no nos va a gustar.

Que nos va a aburrir. Es cierto que sus temáticas no suponen evasión y que cada nacionalidad, en buena medida, refleja su cultura, por lo que las que estén muy alejadas de la nuestra nos distanciarán sin que les demos el más mínimo tiempo de adaptación. Es normal, es una reacción lógica, pero hay que tener en cuenta que a veces el cine está obligado a dejar de lado la fantasía, a mirar a la realidad de frente, y si aprendemos a desentrañar los códigos en los que están narradas, esas historias pueden ser igual de fascinantes o más que las de las películas que admiramos.

No habría, entonces, que temer a que nos llegue, por poner un ejemplo, lo último del director israelí Amos Gitai, Tsili, que se presenta en Venecia estos días y en la que nos habla del Holocausto. Y mucho menos que rechazar la película sin ofrecerle una oportunidad.

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Grandes títulos han salido de los distintos certámenes que tienen lugar alrededor del mundo, caso de la cinta cuya fotografía ilustra este artículo, Incendies (2010), del canadiense Dennis Villeneuve, su entonces trampolín a Hollywood y hoy película de culto. Pero para llegar a tener ese estatus tuvo que pasar por los festivales de Toronto, Varsovia o Valladolid, con el éxito que, a lo mejor, todavía a algún rezagado le cueste creer que merece.

Chistes y chistes no paran de circular en las redes sociales, en las tertulias diversas o en reuniones variopintas, sobre el aburrimiento que provoca este tipo de largometrajes. Algunos lo harán, por supuesto que sí, pero no tomarlos en serio por principio es la marca de la falta de aceptación que aún les queda por conseguir, que se logra cuando el visionado rompe los prejuicios adquiridos sobre ellas al no contar con los elementos que estamos acostumbrados a disfrutar. El visionado de una película, de dos, de tres o de un montón. Hasta que resulten tan familiares que se haga difícil no ver la siguiente.