A todos nos sonará la definición que Platón en el libro VII de la República hace de la Educación y de adquirir conocimiento:"El arte de mirar". A lo largo y ancho de este primer trimestre hemos intentado "mirar" y recrearnos en la óptica platónica del conocimiento, del ser humano, de la Realidad… Y ¿qué nos queda ahora? ¿Qué hemos podido "hacer nuestro de todo aquello"?

La respuesta no la tengo en la mano -ni por supuesto guardada en la chistera del conocimiento-, pero sí puedo dar algunas pautas orientadoras para que este "aprender a mirar", pueda calar de alguna manera en nosotros y nos posibilite la actualización vital de este modo de pensar.

Como bien sabemos, caben muchas miradas de un mismo acontecimiento -por lo menos dos-: la que hago yo, y la que hacen los otros. Pueden corresponder las miradas, pero bien es cierto que no necesariamente. Cuando Platón afirmaba "el arte de mirar", se refería al arte de ser educado en el conocimiento mismo, no tanto en el arte de persuadir, sino en el arte de "parir lo que dentro llevamos inmerso".

Y que bien nos viene esta vez poder hacer una mirada introspectiva para hallar en la búsqueda quizá la misma respuesta. Al fin y al cabo yo soy mirada. Veamos el proceso con detenimiento:

Todo surge con una mirada especial: la admiración. Admirarse es dejarse sorprender por la fastuosa grandeza de lo que nos envuelve, nos interroga e incluso nos machaca. Me refiero al acontecer. Admirarse es abrirse a lo diferente de mí. Y al abrirme a lo diferente, me reconozco en esa diferencia como ser totalmente otro en la diversidad de lo real.

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Aquí comienza el punto neurálgico de la mirada. ¿ Por qué? Porque mirar constituye el ejercicio más característicamente humano: mirar es reconocerse, saberse existente; saberse consciente de la diversidad. Y al hacerse se entra en el misterio de la mismidad, de la identidad . Soy porque miro.

También os sonará esta expresión. O por lo menos os debería sonar. Me refiero al principio de la filosofía cartesiana. Claro está, hay diferencias notables entre el yo pienso y el yo miro. Pero ambas coinciden en ser intuiciones: una que se presenta ante mi razón de manera simple, clara, lúcida; la otra ante mi realidad concreta, vital, sensorial. Al fin y al cabo miradas.

Pero esta mirada no nos debe confundir. Mirar es penetrar en la visión comenzada en un acto de pura admiración: receptivo de quien no soy, me acerco admirado a quien soy, no siendo. Yo soy, por tanto mirada. Y no una mirada cualquiera, una mirada admirada, en tendencia constante de crecimiento, con mi concreción real, histórica y particular (…)