Bacon para desayunar. En una cafetería cualquiera, en un sobre de azúcar, volumen monófilo que puede ser retal de sabiduría honesta o de majadería tópica, se lee la siguiente prescripción pedagógica, lema para un elemental programa educativo: "La lectura hace al hombre completo, la conversación ágil, y el escribir, preciso". Los grandes pilares de la construcción de la cultura, parece que más valorados antaño que hoy. La frase se atribuye a Sir Francis Bacon, filósofo reformador del pensamiento científico inglés que vivió entre el siglo XVI y principios del XVII, autor, entre otras obras, del Novum Organum. Los sobrecitos con frases, idea de algún visionario de la divulgación, son alícuotas de pensamiento fácilmente olvidables en un mundo sobrecargado de datos triviales.

Hay quien no lee otra cosa.

Cierran los libreros, ganan los fabricantes de fundas. Como reconocen neurobiólogos y psicólogos, la materia mental está hecha de imágenes y de palabras, y el lenguaje es su engranaje y su lubricante. Usar la cabeza ya sea lúdica o seriamente para ese fin, el lingüístico, es también una forma de aprovechar el tiempo. Por el contrario, alejarse deliberadamente o por omisión del uso del lenguaje como medio para desarrollar la mente, el pensamiento y la capacidad de juicio, es un atentado contra la salud. No parece quedar tiempo suficiente. A una porción enorme de humanidad, sumida en la vorágine virtual, no le gusta perder tiempo leyendo o pensando. Aquí la paradoja: hoy se publica mucho más "texto" (en bruto) que antes.

Hoy incluso se venden #Libros de papel al peso, independientemente de la calidad literaria o de la edición.

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Hoy quizá se "consume" más texto. Y con la misma celeridad se medio digiere y se excreta. Y eso es consumo, pero no es educación. También cierran sin parar las librerías, y se oye el sonido de las rejas metálicas de los libreros bajando (¿para siempre?). En su lugar, y esto es más difícil de comprender, abren más y más tiendas de óptica y vendedores de gafas, que no son sino objetos de coleccionismo y artículos de moda, no artefactos protésicos para ayudarnos a leer.

Se lee cada vez menos de una forma reposada texto elaborado por escritores profesionales, por literatos, o al menos se compran menos libros, muchos menos, los libreros se vuelven locos haciendo encaje de bolillos para no cerrar, y se venden más, muchas más gafas de vista. Y sus estuches. Se venden más estuches de gafas de vista que libros. Es por el uso indiscriminado de las multipantallas. Fastidian la vista. Y también se venden fundas de móvil. Muchas fundas de móvil. Y muchos locales antes ocupados por librerías ahora venden…fundas de móviles.

Demencial.

Master and commander. Una biblioteca puede suministrar más información que un polígrafo sobre la identidad de las personas que las poseen. Pero no basta con fijarse en los volúmenes para saber algo del carácter de quien lee y qué es lo que persigue, lo que le inquieta (los anaqueles de Hitler sostenían más de 13.000 obras, y sin embargo escribió Mein Kampf).

Arturo Pérez-Reverte, voraz lector y navegante además de novelista, periodista y académico de la lengua, es fiel al inigualable Patrick O'Brian (Inglaterra, 1914-Irlanda, 2000). O'Brian escribió como nadie sobre el mundo de los marinos de la armada inglesa en tiempos de Nelson. O'Brian dejó muchos émulos en su especialidad de novela histórica, pero probablemente ninguno le ha superado, en opinión de muchos. Sólo hay que leer obras como "La fragata Surprise", "Capitán de mar y guerra" (ambas de la serie dedicada a sus felices personajes el capitán Aubrey y el cirujano-espía Maturin), o "Contra viento y marea" para hacerse una idea del escritor que fue O'Brian.

En cierta navegación, Pérez-Reverte llevaba a bordo de su velero ciertos libros de alguno de esos otros autores, émulos con mayor o menor éxito del sublime O'Brian. Iracundo, Pérez-Reverte advirtió que el tratamiento dado a la marina española de aquella época era sesgado. Insistía en vituperios malintencionados y carentes de rigor histórico -cosa que sostenía la obra de O'Brian junto a su verismo en la ambientación-. Agarró los tomos y sin miramientos los lanzó por la borda, dándoles una sepultura quizá demasiado honorable.