Nada es lo que parece en esta película. El cartel que tiene en España, con un hombre con aspecto de vagabundo que se abre la chaqueta y de ella sale una tira con forma de familia recortable unida por una cuerda, es de lo más inquietante. Si nos detenemos a pensarlo sin haber visto la película, ese cartel ya nos informa de algo fundamental al respecto de lo que os vamos a encontrar al verla: la familia va a ser un títere de este hombre que no es quien dice ser. Y cuando Borgman comienza, lo confirmamos. No sabemos quién es, pero Borgman es descubierto y corre. Corre por el bosque en el que se oculta. Él y su gente, a la que va avisando en cada escondrijo: "¡Nos han descubierto! ¡Tenemos que irnos de aquí!".

Un inicio de lo más prometedor. Un enigmático protagonista dibujado con dos pinceladas. Un mero boceto de alguien al que no parece muy seguro conocer. Borgman se adentra entonces en la casa de unos burgueses de buena vida pidiendo cobijo y cuidados. Para la mujer del matrimonio habitante se antoja lógico dárselos porque su marido le ha molido a palos, no le queda más remedio. Pero una vez que se recupere, Borgman no se marchará. Se va a integrar en la familia por métodos poco convencionales que resultan a la vez fascinantes y enfermizos de contemplar y absolutamente retorcidos a la hora de realizar. Todo lo que vendrá a continuación no serán sino capítulos desglosados de una naturaleza despiadada capaz de cualquier cosa para dar una lección a una clase social que él considera que la merece.

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Se hizo con el premio a la Mejor Película en el último festival de Sitges y no ha tenido una distribución muy amplia en nuestro país, entre otras razones porque es una cinta muy fácil de contar pero no de ver. De hecho, el jurado del más famoso certamen de #Cine fantástico en España justificó su premio con el argumento de su gran solidez y capacidad de perturbación con pinceladas de realismo y de fantástico en un momento en el que el cine está demasiado subrayado y ofrece demasiadas respuestas.

Sin duda Borgman es precisamente eso, una película que sugiere, más que muestra, que consigue su atmósfera partiendo de lo malsano, jugando con el tiempo de espera a que sus acciones tengan la consecuencia pretendida. Y por momentos se hace imposible verla. Primero porque no siempre tenemos claro lo que está ocurriendo en la pantalla, y eso no es algo cómodo para el espectador. Y segundo, porque cuando ya unimos los cabos de un guión que exige mucho a nivel narrativo, que le pide al público que complete los campos no explícitos, cuando ya tenemos los puntos unidos y sabemos hacia dónde van el siniestro personaje protagonista y su oscuro séquito, el contenido completo de lo visto y sentido se hace complicado de digerir.

Porque no es más que una crítica social, y de crítica social hemos visto (o hemos tenido la oportunidad de ver) muchas películas, pero la crítica social no está solo en el fondo, también en la forma, y la forma que plantea esta cinta no es nada convencional. Por eso descoloca y nos deja pensativos, incrédulos ante lo que acabamos de ver, ya que ese Borgman, demonio con figura de hombre, remite en algún que otro momento, sobre todo por las noches, al íncubo representado en el cuadro La pesadilla, del pintor suizo Johan Heinrich Fussli: una perfecta metáfora de lo que este film: una historia que, cuando menos cuenta te das, te va a atrapando... completamente.