Ocurre con esto lo que con otros muchos temas, que hasta que no te toca de cerca no te enteras de lo caro que cuesta morir. La negociación para contratar el funeral y el entierro pasa por una serie de protocolos que, debido a las circunstancias, te cuesta un poco asumir. Debido a la vulnerabilidad del momento en que solo quieres que todo pase deprisa, pueden omitirse detalles que luego pueden costarnos una pasta. Lo mejor es tener un seguro que se haga cargo de todos los gastos, pero ocurre que, llegado el momento, incluso teniendo seguro puede aparecer algo debido a un cambio de normativa que encarezca el asunto.

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Y si sumamos a esto que si mueres en casa toda la parafernalia se desarrolla delante del cadáver en cuestión, nos encontraremos con una estampa patética en que el representante de la funeraria lleva la voz cantante y escribe sus datos en una mesa a dos pasos del difunto. La cosa puede ser rápida si el susodicho es espabilado, pero como el óbito ocurra de madrugada y tenga que salir de la cama para completar el formulario, podemos encontrarnos con alguien que bostece continuamente, que no se entere de nada y le tengas que repetir todo doce veces, y luego, encima haga las cosas mal.

Un cementerio en el Pirineo aragonés
Un cementerio en el Pirineo aragonés

Porque perfecto lo que se dice perfecto nunca queda.

Y si no, miremos los diarios y comprobaremos la cantidad de correcciones que se publican relativas a las esquelas que en su día aparecieron con errores.

No sé si puede hablarse de cultura de la muerte, lo que sí sé es que este trámite te coge en un mal momento, inadecuado para decidir cómo quieres las coronas, qué quieres poner en las cintas, de qué madera quieres el ataúd, y cómo pones los nombres en la esquela.

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Eso sin olvidar al difunto que es quien más ha perdido y en este momento, ya desde el otro mundo se estará preguntando para qué narices tanto rollo.

Luego viene el representante del seguro que, después haber estado toda una vida pagandole el entierro, siempre encuentra algo para cobrar un suplemento de algo que no entra en la póliza, que el finado tenía contratada.

Y por hablar también de todo, ahora las funerarias tienen comerciales y relaciones públicas, que durante el tiempo que dura el proceso del entierro, investigan a ver qué familiares del difunto no tienen póliza para venderles una.

A esto le llamo deformación profesional, porque alguien debería enseñarles algo de saber estar, que en estas lides la familia no está para comprar y menos pólizas mortuorias. Un poco de tacto, señores.

Claro que todo estos servicios, errores incluidos, no salen gratis sino que salen por un módico precio de por lo menos tres mil euros, medio millón de las antiguas pesetas. O sea que con lo que se paga al seguro te puedes morir veinticinco veces y aún te sobraría dinero.

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Pero el negocio es el negocio y con esto de la muerte hay montado uno bien grande.

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