Con la visita del Papa Francisco a Turquía, se abre un nuevo capítulo en la milenaria historia de la religión cristiana. El Pontífice, entre medidas de seguridad extraordinarias, hará sentir fuerte y clara la palabra de Dios en esta tierra caracterizada por la política turca. Por un lado, laica y moderna, como quería su padre fundador, Mustafa Kemal Atatürk, que sobre las cenizas de un califato ahora agonizante, puso el sultán Mohammed VI proclamando la República, y por otro lado, la Turquía del primer ministro Recep Tayyip Erdoğan.

Erdogan, con la ambición de convertir la Turquía en la potencia hegemónica en la región, por una parte, guiña el ojo al Occidente y, por otra, firma alianzas con los terroristas de Isis proporcionándoles armas y apoyo logístico contra el dictador sirio Bashar al -Assad.

En este contexto, el Papa con coraje y fuerza moral, en esas tierras dominadas por el Islam, hace escuchar fuerte y claro el grito de dolor de esas minorías, y principalmente de la cristiana, perseguida con una ferocidad nunca antes vista.

Este viaje, extraordinario gesto de paz y diálogo entre el Islam y el cristianismo, sigue las huellas del viaje realizado por Francisco de Asís, que en septiembre de 1219, en plena Quinta Cruzada, se encuentra en Damietta, una localidad a pocos kilómetros de El Cairo, el sultán de Egipto Malik al Kamil. Las crónicas dicen que Francesco de Asís quería encontrar a los musulmanes para la "sed de martirio", como dicen también los versos de la Divina Comedia "...

para la sed de martirio -en la presencia del Sultán predicó Cristo y los otros que yo seguiré".

El mismo espíritu de martirio mueve hoy los pasos de Papa Francisco que, como Jesucristo, se hace cargo del sufrimiento de su pueblo perseguido, torturado y exterminado, y sin miedo, va donde el odio para los cristianos, se convierte en holocausto, diciendo esas palabras no sólo de paz, sino también de esperanza y cercanía.

Con este extraordinario gesto de poder espiritual y moral, el sucesor de Pedro, finalmente devuelve dignidad y valor a todo el pueblo cristiano, con demasiada frecuencia resignado, a la ley del más fuerte.

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