La semana pasada, anunciaba Brittany Maynard su firme decisión de acabar con su vida voluntaria y legalmente debido al cáncer terminal que sufría. El video en el que lo anunció se convirtió en viral en muy poco tiempo. Ella y su esposo Daniel Díaz decidieron trasladarse al estado de Oregón, Portland, porque las leyes amparan el derecho a morir con dignidad. Aunque amaba la vida profundamente y a sus seres queridos, no quería sufrir los estragos de la enfermedad.

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Es noticia no por la muerte en sí misma, sino por el modo con el que esta joven y bella mujer de 27 años decidió acabar con ella. En el año 399 a.C. en Atenas un hombre llamado Sócrates, de 70 años de edad, fue condenado a muerte por no reconocer a los dioses olímpicos e irrumpir en la conciencia de los jóvenes con dichas ideas. Pero tuvo la oportunidad de escapar, aunque prefirió beber el veneno mortal por amor a la ley de Atenas.

Expongo este caso, tan clásico para todos nosotros por la gran semejanza que poseen ambos.

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Los dos amaban profundamente la vida pero una, Maynard, agotada por la fuerza y el daño irreparable que estaba provocando en su organismo el cáncer terminal, decidió el mayor bien que era para ella, dejar de vivir una vida no digna de ser vivida en esa situación. El otro, Sócrates, amando profundamente su querida Atenas, prefirió ser fiel a sus convicciones personales y, por amor y coherencia, decidió acatar la sentencia de beber el veneno mortal que le condujo al fatal desenlace de su muerte.

El amor les movió a los dos y Dios solo sabe a cuántos otros. Ese creo que es el momento más sagrado que toda persona tiene que afrontar y, por ese motivo, no merece ningún juicio de valor, sino pleno respeto profundo a su decisión y apoyo incondicional a la persona que decide también qué hacer con su vida en esa situación.

Y es que frente a casos como estos, y sabiendo que el Estado debe velar por el bienestar de sus ciudadanos, solo cabe facilitar y allanar la decisión que conscientemente toma quien amando el mundo, a su familia y amigos decide dejarnos por dignidad a ella misma y a sus propias convicciones.

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